(Español) La naturaleza como ensamblaje de memorias futuras

(Español) Una mirada socioecológica de la naturaleza considera relaciones, conocimientos y temporalidades que portan múltiples actores de los ecosistemas. Semillas, hongos, bosques, organismos públicos, comunidades y diversas especies se vinculan en redes, a partir de las cuales emergen propiedades de sistemas complejos atravesados por huellas que permiten proyectar el futuro. Dialogamos con Tomás Ibarra, especializado en bosques, montañas y sistemas agroforestales; quien será parte de Poligonal Nº5.

(Español) Por Violeta Bustos.

La memoria de los bosques, las enseñanzas que resguardan los árboles abuelos, así como la comprensión de los ecosistemas como comunidades socioecológicas, son algunas perspectivas que han atravesado las investigaciones del ecólogo y antropólogo ambiental, Tomás Ibarra –profesor de la Universidad Católica[1]– quien integrará el diálogo Imaginar multinaturalismos en Poligonal Nº5.

En conversación con Fundación Mar Adentro, el investigador relata cómo ha observado las relaciones entre diversas especies, a través de flujos de información, narrativas, vínculos afectivos y saberes ancestrales que permiten comprender la coexistencia y la continuidad entre un organismo con otros. Estamos transitando un momento de cambio de paradigma, dice Ibarra, donde todo indica que la separación que instauró la ciencia occidental, entre naturaleza y cultura, ha comenzado a diluirse.

Fundación Mar Adentro (FMA): ¿Cómo se han transformado tus percepciones sobre la red biológica de la naturaleza a partir de investigaciones sobre diversidad biocultural?

Tomás Ibarra (TI): La noción de redes ecológicas entre organismos está en los albores de lo que hoy conocemos como ecología, en relación con las interacciones que forman parte de la naturaleza. Esta noción es incluso previa a 1869, cuando se acuñó el concepto de ecología por primera vez por el biólogo y filósofo alemán Ernst Hackel. Por ejemplo, en 1845, en su trabajo ‘Cosmos’,  Humboldt observaba que los organismos estaban enmarañados en la naturaleza de forma no lineal. También Darwin, en El origen de las especies de 1859, decía que animales y plantas estaban articulados por una red de relaciones complejas y desarrollaba la noción de escala. Entonces, esta noción de ‘tejidos de relaciones’ tiene una larga historia en la ciencia occidental y está muy presente en los saberes y vivires de las naciones originarias.

Nuestra aproximación, en contextos de investigación colectiva, observa cómo las aves se relacionan entre ellas y con los árboles, dando origen a las redes de nido. Al respecto, hacemos una analogía con las redes tróficas[2], indagando en relaciones que trascienden a animales y árboles, incluyendo en nuestro trabajo más reciente a mamíferos, reptiles, hongos y personas, quienes generan vínculos que se dan a través de la historia y narrativas sobre y con el bosque. Quizás el aprendizaje central de nuestro trabajo es que, más allá de las redes biológicas, el bosque es una gran comunidad socioecológica.

FMA: Has manifestado que la naturaleza se constituye de equilibrios dinámicos y de regeneración, así como de caos y tensiones ¿cómo se evidencian estos elementos en los ecosistemas y de qué manera se entrelazan con procesos sociopolíticos? ¿Puedes ejemplificar?

 TI: La idea de vincular a actores como los seres humanos como parte intrínseca de las comunidades socioecológicas, ya sea a través de la puesta en marcha de políticas públicas, manejo forestal, desarrollo inmobiliario o demandas territoriales, proviene de una transformación sustantiva gestada a mediados del siglo pasado, cuando se reconoció que la naturaleza es parte de sistemas complejos adaptativos.

En los territorios, existen actores como las semillas, hongos, bosques, organismos públicos, comunidades, entre otros, quienes se vinculan en redes y, a partir de esas relaciones, emergen propiedades de los sistemas complejos, tales como la diversidad, los conflictos, la memoria, el amor, las tensiones, etc. Asimismo, estas propiedades retroalimentan el comportamiento de los actores del sistema. Es por esto que, por ejemplo, para proteger un bosque o lograr la recuperación de territorios usurpados a comunidades, debemos describir, entender a las relaciones, históricas y contemporáneas, entre los actores, no solo a los individuos por separado.

Al respecto, un concepto relevante es el de simpoiesis, término utilizado por Dona Haraway para referirse a crear con otros o generar con. La filósofa dice que la única forma de superar este momento límite conocido como el antropoceno es esta. Buscamos reconocer la simpoiesis a través de nuestro trabajo, la colaboración necesaria entre actores, donde lo que se disuelve es la noción de individuos, pues existe una continuidad entre los organismos y su entorno. Por ejemplo, hay ensambles de especies en nuestro aparato digestivo que permiten tener nuestro organismo completo funcionando. Todos los seres vivos somos, finalmente, ensamblajes de especies que funcionan de forma colectiva, en red y colaborativa para permitir la vida.

FMA: ¿Cómo transformar y/o atravesar ciertas ideas preconcebidas sobre la naturaleza que cohabitamos? Por ejemplo, conceptos como recursos naturales infinitos, naturaleza prístina o la separación cultura/naturaleza.

TI: Es complejo atravesar las limitaciones del lenguaje. Para poner en tensión ciertas denominaciones, en un texto que realizamos con FMA[3], cuestionamos el término de biodiversidad apelando a lo biocultural, relevando que siempre existe un lente cultural al describir la biodiversidad.

Lo anterior, referido al cómo conocemos lo que conocemos se inserta en un nivel epistemológico pero, también, ontológico[4]. En este último, los seres humanos somos inherentes a la transformación como actores y no solo observadores. La distinción entre naturaleza y cultura tiene raíces históricas y se asocia a momentos límites. Esta escisión se inserta en una revolución científica de los siglos XVII y XVIII, en donde pensadores como Descartes o Galileo incluyen la matemática y el pensamiento racional para entender la naturaleza como máquina.

Así, ocurre que se empieza a distanciar la naturaleza del ser humano para entenderla por medio de aproximaciones metodológicas objetivas, donde se marginan los afectos. Sin embargo,  hoy está ocurriendo una revolución, en un sentido kunhiano, que nos habla de la estructura de las revoluciones científicas cuando se acumula evidencia y se pone en tensión un paradigma, que en este caso sería la idea de la naturaleza separada de la cultura.

Algo ha empezado a cambiar y estamos siendo parte de ese proceso socioecológico más amplio. Las nociones de naturaleza prístina o conservación de fortaleza –conceptos que se fueron arraigando con acciones como la instauración de la reserva de Yellowstone[5] en 1872[6]– han permeado hasta hoy. Nosotros creemos que es necesario acabar con miradas reduccionistas, pero esos aprendizajes y su implementación en, por ejemplo, la política pública ocurre lentamente. Sin embargo, hay mucha gente recuperando nociones de los pueblos originarios, de la cultura campesina y se está revitalizando una mirada más integral que busca incluir nociones de justicia socioambiental y descolonización de los territorios.

Recolección de piñones.

FMA: En el camino hacia una mayor empatía, en relación con tus investigaciones vinculadas a bosques abuelos: ¿Qué metáforas socioecológicas has observado y qué pistas ofrecen sobre el futuro de la conservación con una mirada más esperanzadora?

 TI: Quizás una de las nociones más relevantes que hemos desarrollado es la de memoria[7], la cual entendemos como una propiedad emergente del sistema. En nuestro trabajo de ecología de los bosques nos dimos cuenta de que la sostenibilidad del sistema era posible gracias a la memoria, la cual es interescalar. Por ejemplo, hay árboles de gran tamaño, bancos de semilla en el suelo o parches de bosque, luego de un evento perturbador, a partir de los cuales se pueden restaurar relaciones y vuelve a emerger la vida.

Hay una memoria histórica y también afectiva en los procesos y aquí entra también el arte y la educación para observar no sólo metáforas, sino cosas que efectivamente están ocurriendo en los sistemas. En nuestra aproximación, dimos un salto cualitativo al trabajar con las comunidades en búsqueda de revitalizar y apoyar procesos locales de recuperación de la memoria biocultural. Hemos intentado hacernos cargo del drama de la extinción de la experiencia biocultural[8], y menor conexión con la memoria de los territorios.

La memoria biocultural, que muchas veces se entiende como algo meramente del pasado, permite proyectar el futuro, es la memoria futura. Se debe trascender las nociones temporales. Hoy estamos en un presente con múltiples historias múltiples devenires potenciales, un constante presente en vínculo con la resiliencia y transformación; de esa esperanza –que requiere creatividad y convicción– hablamos hoy.

“Mis abuelos me lo contaron”. Registro por Jesús Sánchez

FMA: En la investigación Mis abuelos me lo contaron, abordas el vínculo intergeneracional como una forma de valorizar la memoria biocultural ¿De qué manera el diálogo entre generaciones contribuye a hacer frente a la extinción de la experiencia?

 TI: Soga y Gaston dicen que la extinción de experiencia –tras observar fenómenos en países como Japón y otros del norte global– implica una sociedad y sus niños cada vez menos en contacto directo con la naturaleza. Esto se asocia a la aversión al riesgo, a la necesidad de control, curriculums educativos que no fomentan esa interacción cotidiana y a la sobreestimulación tecnológica. Al reconocer que existía una escasez de metodologías para enfrentar esto, cobra relevancia la transdisciplina muy de la mano con conceptos como la memoria biocultural.

Para abordar esta problemática, hemos desarrollado diálogos intergeneracionales y una metodología donde encontramos dos elementos centrales: la participación –que conlleva que las personas se hagan parte de procesos creativos– y la materialización, la cual deriva de procesos participativos que se ‘transforman’ en algo concreto. La participación y la materialización son complementarias y se retroalimentan para cultivar la memoria biocultural, la interculturalidad y la intergeneracionalidad.

FMA: A propósito de la transdisciplina ¿De qué manera emerge esta aproximación y cómo se materializa, de acuerdo a tus experiencias?

 TI: Las aproximaciones transdisciplinarias las entiendo más como procesos que como fin. Hay distintos significados y no me gustaría llegar a una definición consensuada. Mientras una escuela puede decir que es una metadisciplina; otra pone el acento en los intereses de las comunidades por sobre los intereses de las y los investigadores o tomadores de decisiones institucionales; también se puede describir como el diálogo genuino entre distintos saberes. Y todas son válidas.

Para mí, es un privilegio el vivir donde trabajamos, porque es en sí una aproximación transdisciplinar, o sea, estamos haciendo un proceso de vida embebidos a diario no solo de la academia, sino de organismos públicos, la comunidad, es decir, se difuminan esos límites.

Sin embargo, hay aspectos centrales de nuestra aproximación transdisciplinar, tales como la co-construcción de conocimientos, el principio de reciprocidad entre humanos y más que humanos, y que se debe aspirar al empoderamiento por parte de los actores con los cuales trabajamos. Esto nos obliga a reconocer que los sistemas complejos son porosos, al igual que las comunidades, donde se difumina lo externo e interno, lo global y lo local, lo rural y lo urbano. Si bien la transdisciplina corre el riesgo de convertirse en un ‘fetiche’ al abordarla como un objetivo en sí mismo, es un riesgo mayor que se produzcan procesos neo-coloniales y extractivistas. Esos son los procesos que debe enfrentar la transdisciplina.

Sobre el entrevistado

Tomás Ibarra: Agrónomo y Magister en Ciencias en Conservación y Manejo de Vida Silvestre por la Universidad Católica (UC). Mg en Ciencias en Antropología Ambiental por la Universidad de Kent, Reino Unido. Realizó su doctorado en la Universidad de British Columbia en la Facultad de Ciencias Forestales. Vive en el sur de Chile donde desarrolla investigaciones colaborativas y transdisciplinarias que impactan en el ámbito de la ciencia, la educación y la acción socioecológica. En particular, trabaja en bosques, montañas y sistemas agroforestales. Hoy, es Profesor Asociado en el Campus Villarrica y en la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales de la UC e Investigador Principal en el Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios del Cambio Global y Conservación Biocultural (CHIC) y el Centro UC de Desarrollo Local (CEDEL). También es investigador en el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR), el Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES) y, recientemente, ha sido fundador de Bosquentrama – Observatorio de los Bosques y las Políticas Forestales.

 

 

Referencias:

[1] Es profesor asociado de en el Campus Villarrica y en la Facultad de Agronomía y Sistemas Naturales de la UC e Investigador Principal en el Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios del Cambio Global y Conservación Biocultural (CHIC) y el Centro UC de Desarrollo Local (CEDEL), entre otros.

[2] Remite a la interconexión natural de las cadenas alimentarias y suelen ser representadas gráficamente para mostrar quien se alimenta de qué en una comunidad socioecológica.

[3] Se refiere a Ibarra, J. (2022). Tejidos de relaciones: hacia una ecología de la simpoiesis para cultivar la memoria biocultural. Con/Vivir, arte y ecología en la educación, Fundación Mar Adentro.

[4] Rama de la filosofía que estudia al ser, entendido como el elemento común a todo lo que existe.

[5] Este modelo promueve “áreas donde la Tierra y su comunidad viviente esté libre de la influencia del hombre, y donde el propio hombre sea un visitante que no permanezca”, según plantea la Ley de Áreas Silvestres de Estados Unidos.

[6] Por otro lado, en Chile, la primera reserva forestal fue la de Malleco en 1907.

[7] La memoria, en su dimensión biocultural, manifiesta Ibarra, ha sido abordada por los autores Toledo y Barrera-Bassol.

[8] Se refiere a la continua alienación de los humanos de la naturaleza, por nuestra pérdida de interacción y vínculo con el resto de la biodiversidad, lo cual tiene consecuencias negativas que afectan la salud, los vínculos afectivos con los ecosistemas y los comportamientos proambientales de las personas.