Una mirada histórica a los jardines botánicos y su aporte como espacios de integración social en el presente

Al pensar en un jardín botánico algunos de los conceptos que aparecen con fuerza son el de conservación y protección de diversas especies vegetales. Quizás por esta asociación con el cuidado es que ha causado tanto impacto el devastador incendio que a comienzos de febrero de 2024 afectó al Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar, causando la muerte de cuatro personas, consumiendo el 90% de la superficie del parque de 400 hectáreas y hogar de 1.300 especies de plantas. El que se destruya de esa manera un lugar orientado precisamente a “proteger”, resulta por lo menos desconcertante.

Pero junto a la conservación de especies vegetales, este espacio cumplía muchas más funciones. Y es que la noción de jardín botánico tal como lo entendemos hoy es una concepción más bien reciente que se asienta durante la primera mitad del siglo XX en Chile. Esto, porque si bien perviven la mayoría de los elementos que históricamente han caracterizado a estos artefactos naturales que cuentan con más de 500 años de historia, como toda creación humana, la función de los jardines botánicos ha cambiado con el tiempo, adaptándose a diferentes contextos, a las necesidades del presente respecto de estos espacios y el rol que cumplen para las personas, sociedades y ciudades que conviven con ellos.

Por lo mismo, es importante entender que, ante todo, un jardín botánico es una creación humana, y que si bien el rol y la presencia de la naturaleza es protagónica en estos espacios y le da su razón de ser, son lugares creados, mantenidos e incluso destruidos por la acción o eventual interés de personas. Al aceptar esta condición cultural de los jardines botánicos, vemos que su aventajado rol histórico para la preservación de especies vegetales no excluye los cambios en esta finalidad. Por el contrario, se trata de lugares vivos, en constante adaptación. Por ello, ante la afectación sufrida por el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar, vale la pena preguntarse por el rol que cumplen estos espacios hoy y cuál es su valor de futuro, de cara a un proceso de restauración.

Créditos: El Salto, Corporación para el Adelanto del Barrio Industrial (Ladera Sur).

Los jardines como signo de una república moderna

Los primeros indicios respecto de la creación de un jardín botánico en el Chile republicano son posteriores a la primera junta de gobierno de 1810. En el marco del plan de educación nacional impulsado por Juan Egaña en 1813, el proyecto de creación del Instituto Nacional incluía la formación de un anfiteatro anatómico, un museo, una biblioteca y un jardín botánico. Este último serviría para complementar los estudios de botánica, orientados no solo a las propiedades medicinales de las plantas, sino a la agricultura, el comercio, las fábricas y las artes.

Sin embargo, los eventos políticos ocurridos durante 1814 cambiarían el destino de esta iniciativa. La derrota de las fuerzas patriotas frente al ejército realista en Rancagua en octubre de ese año implicaría la restitución de la administración colonial, dando inicio al período que se conoce como Reconquista Española. Frente a estos acontecimientos, y con la supresión del Instituto Nacional, los planes de formar un jardín botánico se desvanecieron. La iniciativa sería retomada en 1822, a pocos años de recuperada la independencia, ahora de la mano de Bernardo O’Higgins, quien contrató a Juan José Dauxion Lavaysse, francés con conocimientos más bien generales sobre historia natural y que se encontraba en Argentina y que fue invitado a Chile para organizar un Museo Nacional y un Jardín Botánico.
Si bien esta iniciativa tampoco prosperó, un tercer intento vendría en 1828 con el botánico italiano Carlo Giuseppe Bertero, a quien el gobierno liberal de Francisco Antonio Pinto le encomendó la fundación de un jardín botánico en la ciudad de Santiago. El entusiasmo de Bertero y sus conexiones con científicos europeos lo llevaron incluso a solicitar a sus colegas del Jardín des Plantes de París en Francia que le enviasen semillas para plantarlas en el proyectado espacio en Chile. Pero la inestabilidad política que afrontaba el país, ahora por el estallido del movimiento conservador en noviembre 1829, nuevamente afectó el destino del proyecto, pues en el caso del italiano, sus vínculos con el gobierno liberal hicieron que su estadía fuese cada vez más peligrosa, abandonando definitivamente el país en 1830.

El empeño de parte del Ejecutivo por querer organizar un jardín botánico en el contexto de construcción de la joven república se explica en parte porque la existencia de este tipo de espacios parecía evidente como parte del aparato científico, educativo y económico de las naciones modernas. Por lo mismo, no cesarían los intentos. Así, finalmente en 1853 se dicta la creación del Jardín Botánico de la Quinta Normal, a cargo del naturalista alemán Rudolph Philippi, proyecto que recién se logró concretar en la década de 1870.

A la par de los intentos estatales por levantar un proyecto de esta naturaleza, a medida que avanzó el siglo XIX se sumarían a este esfuerzo varias de las familias más prominentes de la elite nacional, ya no solo por el valor científico de estos espacios, sino también como lugares de recreación, contemplación, esparcimiento y distinción social. Herencia de ello es el invernadero de la Quinta Normal, construido durante la segunda mitad del siglo XIX para albergar la colección botánica de la familia del empresario ferroviario Henrry Meiggs, y la donación que en la década de 1930 hizo el empresario Pascual Baburizza del fundo El Olivar a la Compañía del Salitre de Chile, lugar en el que hoy se emplaza el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar.

Finalmente, resaltar el rol de las universidades, destacando los jardines botánicos de la Universidad Austral de Chile, creado en 1957 y ubicado en Valdivia, región de Los Ríos, y más recientemente el de la Universidad de Talca, inaugurado en 2006 y ubicado en la región del Maule.

Crédito: Portal del Plan Nacional de Conservación de Sophora toromiro (Ladera Sur).

Expansión de las funciones tradicionales

Al pensar en el rol que históricamente han jugado los jardines botánicos como espacios para la preservación, colección, cultivo y exhibición de especies vegetales, queda en evidencia su semejanza con las funciones que cumplen otras instituciones culturales como museos y archivos. En el caso de los jardines botánicos se trata de espacios donde es posible experimentar la naturaleza viva, mientras que, en un museo de historia natural, junto a las colecciones biológicas, está el potencial de resguardar y dar a conocer especímenes en extinción. Esta complementariedad entre jardines botánicos y museos subsiste hasta hoy, a pesar, o quizás gracias a las importantes transformaciones y resignificaciones que ambas instituciones han sufrido en los últimos siglos.

En el caso de los jardines botánicos, como veíamos, a la preservación y estudio científico de la naturaleza, se suman el disfrute y el ocio. De esta manera, hoy no resulta extraño que, entre la oferta de actividades que el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar ofrecía, previo al siniestro, se encontrara la posibilidad de hacer parrilladas, canopy, picnic, arriendo de bicicletas y trekking. Junto a esto, también se ha ampliado y diversificado el público que asiste a estos espacios: no solo asisten científicos o estudiantes, sino que también los visitan turistas y personas que buscan aprender o disfrutar de la naturaleza.

Para algunos, esta ampliación y diversificación de las funciones que hoy cumplen los jardines botánicos podría tensionar los roles más tradicionales que vienen cumpliendo y que siguen siendo fundamentales, como su contribución al estudio y mantenimiento de la biodiversidad –mediante la conservación ex-situ de las especies vegetales– y el aportar para la resiliencia ante el cambio climático.

Pero la realidad es que, como toda entidad o espacio de interés público, es importante también que pueda atender a las necesidades del presente, las cuales muchas veces exceden el valor científico y medioambiental. Esto, además, en un contexto de inequidad en Chile respecto del acceso de las personas a áreas verdes, lo que se manifiesta en que solo el 15,4% de las comunas analizadas al 2019 por el Sistema de Indicadores y Estándares de Desarrollo Urbano, cumplan con tener al menos 10 m² de áreas verdes públicas por habitante. A esto se suma que, a mayor ingreso de las familias, mejor es el estándar de áreas verdes por habitantes en nuestro país. En este escenario, las funciones que pueden cumplir los jardines botánicos se amplían, incorporando a los valores científico, medioambiental y ecológico, un rol social y cultural.

Así, el valor actual que tiene un espacio como un jardín botánico en Chile supera con creces su función histórica inicial. Por lo mismo, ante la devastación que produjo el incendio en el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar, existe la oportunidad de repensar su función y uso en atención a los intereses y necesidades presentes y futuras. La aproximación histórica de hace siglos, que concibe un jardín botánico como una selección de especies naturales contenida en un espacio cuidado e inalterado, o como un trozo de naturaleza resguardada y expuesta en un fanal de vidrio, hace mucho que no refleja el potencial e impacto que tienen estos espacios para sus entornos y comunidades.

Más que recuperar el Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar, entendiendo el concepto de recuperación como un esfuerzo por devolverlo al estado previo al siniestro, puede ser sugerente pensar en el concepto de habilitación, que tiene relación con la capacidad de hacer de algo apto para una cosa. De esta forma, la acción de habilitar se centra en el potencial que tiene este lugar y para definir sus posibilidades, pareciera ineludible involucrar a las propias personas y comunidades usuarias y beneficiarias de este espacio. Esto, para avanzar en una mirada que refuerce los jardines botánicos en cuanto a su rol científico y medioambiental, pero también como catalizadores de procesos de integración social, que otorgan bienestar, salud y seguridad a las personas, además de aportar al fortalecimiento de la pertinencia territorial.

Créditos: Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar (Ladera Sur).

Daniela Serra

Daniela Serra es Dra. en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC). Actualmente, es jefa del Departamento de Estudios y Educación Patrimonial de la Subsecretaría del Patrimonio Cultural y académica del Instituto de Historia y del Magíster de Patrimonio Cultural de la UC. Entre sus temas de investigación figura la historia de la cultura en Chile, museos y patrimonio. Su experiencia profesional se ha centrado en la gestión, investigación y desarrollo de políticas públicas en materia de patrimonio cultural.