Metáforas y aprendizajes inspirados en el comportamiento de las plantas andinas

¿Qué podemos aprender de las plantas de los paisajes andinos para el cuidado de la vida? Frecuentemente las montañas en Chile son percibidas como el paisaje de fondo que nos acompaña, lugares donde se desarrollan actividades deportivas, o sitios para disfrutar de vistas panorámicas. Pero, las altas montañas, que de lejos pueden parecer inertes, son habitadas por una diversidad de especies que solo podemos apreciar si nos acercamos al suelo o, en ocasiones, si usamos una lupa.

 Jardinera subantártica altoandina ©Manuela Méndez.

Jardinera subantártica altoandina ©Manuela Méndez.

Una forma de vida característica de nuestra cordillera son las llaretas o plantas en cojín –que pertenecen principalmente al género Azorella–, las cuales han aprendido a vivir en las montañas realizando acciones como estabilizar el suelo, almacenar agua y nutrientes o reducir la variación de temperatura en su interior. Esto les ha permitido vivir en ese ambiente estresante, y también actuar como plantas nodrizas, facilitando la vida de numerosas especies que son cobijadas por ellas.

Diversos estudios ecológicos señalan que cuando los ambientes son severos las interacciones de facilitación son más frecuentes, como se puede evidenciar en el libro Positive Interactions and Interdependence in Plant Communities del ecólogo Ragan M. Callaway. En el contexto de cambio climático y el aumento de temperaturas que conlleva, se espera que las plantas de montaña migren altitudinalmente hacia sitios de mayor elevación en la mayoría de los casos. En este contexto, las plantas en cojín tendrían un rol importante en apoyar este desplazamiento, disminuyendo el estrés abiótico por frío al mantener temperaturas relativamente estables en su interior; demostrando la importancia de la colaboración especialmente en escenarios adversos.

Durante mis estudios investigué cómo interactúan las plantas de alta montaña en el sur de Sudamérica. Utilicé la metodología de la Filosofía Ambiental de Campo, desarrollada por Ricardo Rozzi y colaboradores. Esta metodología integra investigaciones transdisciplinarias,  composición de metáforas y comunicación a través de relatos simples, diseño de experiencias de campo guiadas con sentido ecológico y ético e implementación de áreas de conservación. En esa oportunidad pude detenerme en la experiencia de habitar la montaña para aproximarme a pensar, sentir y aprender desde la epidermis de estas plantas.

Estuve quieta por largos períodos e intenté, con mi cuerpo, comprender esa forma de crecer. Pude sentir la protección del viento al recogerme en el suelo como un ovillo y acercarme a otros cuerpos. Así, tuve la perspectiva visual necesaria para redescubrir un entorno cotidiano y a diversos seres que antes no percibía.

De esta experiencia de investigación surge la metáfora “Jardineras Subantárticas Altoandinas”, al percibir que las montañas no son “desiertos” o peladeros, sino que están habitadas por diversos seres, como las plantas en cojín. Adicionalmente, observé que, en su aparente inacción, las plantas en cojín actúan como jardineras, generando lugares fértiles, reteniendo humedad, materia orgánica y estabilizando las temperaturas para hospedar y cuidar a una comunidad viva. A partir de esa experiencia logré apreciar el potencial pedagógico de las metáforas que integran nociones ecológicas y éticas, que permiten ampliar las percepciones y comprensiones de nuestros entornos.

1. La facilitación es un tipo de interacción positiva que ocurre dentro de un mismo nivel trófico (por ejemplo entre plantas o entre herbívoros) en la cual un individuo se beneficia de vivir junto a un vecino en términos de supervivencia, crecimiento o reproducción (Callaway, 2007).
Detalle de una jardinera subantártica altoandina.

Detalle de una jardinera subantártica altoandina ©Manuela Méndez.

De la misma investigación surge la actividad de campo “Co-habitando como plantas altoandinas” que promueve experiencias estéticas en las montañas con sus cohabitantes. Las experiencias estéticas situadas territorialmente conectan dimensiones cognitivas, sensoriales y afectivas en procesos de aprendizaje. Específicamente, a través de ejercicios sencillos profundizamos y complejizamos nuestra comprensión sobre relaciones de cuidado en ambientes severos, procurando desarrollar una perspectiva más allá de lo humano.

Por otra parte, la experiencia estética permite aprendizajes transdisciplinarios. En este caso se vinculó ecología, pedagogía, filosofía, conservación y lingüística, entre otras áreas. La estética estimula la alfabetización ecológica de una manera integral y se hace cargo de limitaciones asociadas muchas veces a prácticas descontextualizadas y abstractas de las ciencias actuales. Una mirada desde la estética permite reconectar los aprendizajes científicos con las vidas situadas de las personas, siguiendo las recomendaciones del filósofo Maurice Merleau-Ponty: “Es necesario que el pensamiento de ciencia […] se vuelva a situar en el suelo del mundo sensible y del mundo trabajado, tal como está en nuestra vida, para nuestro cuerpo” (Merleau Ponty, 1964/ 1986, p. 11).

Actualmente, existe una necesidad de desarrollar la sensibilidad estética en las prácticas educativas, considerando las uniones indisolubles entre cuerpos, emociones, mentes y territorios, ya que a menudo en la educación formal y en la vida cotidiana, hay más espacio para el desarrollo de ciertos sentidos que permiten aprender, pero sin acercarnos a la experimentación. Basta pensar en nuestras experiencias comunes en las escuelas, sentados en sillas en espacios cerrados, donde los ecosistemas que estudiamos son lejanos a nuestros territorios cotidianos. Pocas veces tenemos oportunidades para aprender a través del tacto, el gusto o el olfato en la educación formal. En ese sentido, las experiencias estéticas constituyen una oportunidad para intencionar el aprendizaje multisensorial en conexión con nuestras emociones.

En la investigación sobre plantas de montaña aprendimos sobre cuidados en el territorio junto a diversas especies. Ese cuidado implica relaciones que conectan dimensiones éticas y estéticas, como señala la filósofa Yuriko Saito en su libro Aesthetics of Care: Practice in Everyday Life. La autora plantea que tanto la ética del cuidado, como involucrarse en una experiencia estética requieren: atención, apertura de mente, receptividad, respeto, imaginación y colaboración. Estas capacidades son necesarias para aprender nuevas formas de relacionarnos en pos de la regeneración.

Bolax caespitosa © Sebastián Carrasco

Bolax caespitosa © Sebastián Carrasco

Retomando la primera pregunta de esta reflexión entonces, ¿qué podemos aprender de las plantas? En tiempos donde abundan narrativas que promueven desesperación, aislamiento y parálisis ante las catástrofes del mundo, las plantas de montaña nos recuerdan la importancia de la colaboración y la simbiosis para florecer en ambientes adversos. La presencia de estas plantas jardineras aumenta la supervivencia y reproducción, impulsando colectivamente esta regeneración.  En conclusión, preguntarnos qué podemos aprender de diversos seres puede ser una forma de transformar las narrativas y los puntos de vista para la regeneración y el cuidado. En ese sentido, la apertura a nuevas sensorialidades, desde la estética en conexión con otras disciplinas, así como las metáforas que emergen de este diálogo, permite abrirnos a imaginar y practicar formas cuidadosas de cohabitar.

Manuela Méndez Herranz

Manuela Méndez Herranz, recientemente incorporada al equipo de Fundación Mar Adentro como directora de aprendizajes. Bióloga con mención en medio ambiente, profesora de biología, magíster en botánica por la Universidad de Concepción y candidata a doctora en educación por la Pontificia  Universidad Católica de Chile. Sus áreas de trabajo incluyen la conservación biocultural, la educación para la sustentabilidad, y la ecología cívica. Ha trabajado en escuelas, educación al aire libre, universidades y centros de estudios socio-ecológicos a largo plazo.