La pradera: un lugar de especies pioneras

Emiliano de la Maza, diseñador industrial y educador de sostenibilidad

“Las plantas pioneras, las que son capaces de vivir en un medio ingrato, son, de hecho, frágiles; fuera de ese medio mueren. La riqueza no les conviene.”
Gilles Clement, El jardín en movimiento

Al llegar a Bosque Pehuén mi idea de bosque se basaba en la experiencia de alguien que vive en la capital de Chile, y que alguno de sus veranos los ha pasado en “el sur” visitando parques nacionales. Esta idea también incluía una visión de la conservación poco integradora, una en la que las especies exóticas son un enemigo que es necesario eliminar, y el área que se pueda reservar para los humanos y sus prácticas tiene gran importancia y valor. Hoy, luego de pasar 35 días seguidos en contacto 12 horas al día con el bosque, habitando en él, puedo afirmar que ya no tengo esa mirada monocultural del bosque, sino más bien creo que el bosque se compone de “los” bosques, pues en su ecosistema coexisten una diversidad de paisajes, ninguno más legítimo que otro.

Tal como me enseñó la permacultura antes, y que he aplicado a mis prácticas de agricultura urbana, los patrones de la naturaleza nos muestran la riqueza de la biodiversidad y sus funciones ecosistémicas. A partir de la experiencia de habitar en Bosque Pehuén y de compartir con artistas y científicas durante la residencia, se me reveló nuevamente la necesidad de valorar la diferencia y dignificar lo que hasta ahora no ha sido apreciado.

Bosque Pehuén, para quienes no lo conocen, es una reserva natural de 882 hectáreas ubicada en la Araucanía Andina chilena, junto al Parque Nacional Villarrica, entre los volcanes Villarrica y Quetrupillán, en la zona de Alto Palguín, Pucón. Inserta en la Reserva de la Biósfera Araucarias (Unesco, 1983), “contiene una singular biodiversidad, característica del ecosistema de bosque templado húmedo del hemisferio sur.” Su paisaje se compone de bosque nativo adulto, bosque renoval y praderas.

Entre todos estos paisajes, me llamaron especialmente la atención las praderas. La pradera es un paisaje que aparece en distintos lugares del bosque, y cuyo origen está en la actividad humana que ha tenido este lugar a lo largo de la historia, ya sea por la extracción de madera para su comercialización como por el despeje de árboles para instalar asentamientos, ambos sucesos ocurridos en los años 70 y previo a que Bosque Pehuén fuese un área de conservación. En Bosque Pehuén estos claros se componen de un primer estrato de vegetación con diversos tipos de hierbas ya consolidadas en el terreno, la mayoría pertenecientes a “especies pioneras”, es decir, especies que tienen una alta capacidad de resistencia a climas extremos y a suelos con bajo porcentaje de microorganismos. Estos mismos elementos de las praderas también se pueden observar en terrenos de zonas rurales, que han sido agrícolas y que ya no se explotan, y en menor medida en terrenos eriazos urbanos que llevan años en abandono.

Las praderas ubicadas en los sectores de conservación de Bosque Pehuén no tendrían, al menos según la literatura tradicional, un alto valor ecológico, pues no incluyen entre sus habitantes especies de árboles nativos maduros como los Nothofagus, ni patrimoniales como las araucarias, ni tampoco incluye entre su fauna especies “paragua” (como lo es el carpintero Campephilus magellanicus), que en los bosques maduros funcionan como un canal para la conservación de todo el ecosistema asociado; si la especie paragua está bien, se asegurará con ello que su entorno tenga buena salud. Sin embargo, a pesar de no tener estos atributos considerados relevantes en conservación, si examinamos con atención las especies que habitan las praderas, es posible constatar que estas se componen de un paisaje muy diverso de hierbas, pastos y cubresuelos, que cumplen otras funciones ecosistémicas relevantes, como lo es el aportar a la regeneración de un suelo que ha sido depredado. Además, muchas de las especies que habitan en las praderas de Bosque Pehuén sólo pueden crecer allí: algunas están catalogadas como endémicas, como la Acaena pinnatifida, popularmente llamada “pimpinela”, otras son comestibles como la chaura o Gaultheria mucronata o la frutilla silvestre Fragaria Chiloensis, y entre muchas de ellas se extienden las propiedades medicinales, con un alto valor biocultural para las comunidades que habitan estos territorios y que tienen prácticas ancestrales de recolección de estas especies.

Otro valor de las especies pioneras que me parece fundamental es la capacidad de crecer en entornos hostiles y en suelos de baja concentración de micronutrientes, muchas veces denominados “suelos pobres”. Estos suelos son aparentemente pobres para un uso productivo, agrícola, pero de gran riqueza para estas especies pioneras abocadas a aportar materia orgánica a un suelo recientemente degradado, y que poco a poco crean una gruesa capa de cobertura vegetal capaz de proteger, y cuidar ese suelo, de una inminente erosión.

Es gracias a especies habitantes de “suelos pobres” que podemos tener la esperanza de que en el futuro puedan llegar a asentarse arbustos y árboles. En el momento presente la pradera cumple una función ecológica fundamental para lo que vendrá. Es por todas estas características y reflexiones que me interesé por reconocer y valorizar estos paisajes: mi trabajo lo he desarrollado principalmente en entornos urbanos, y me parece que las praderas son la fase de sucesión ecológica que más se asemeja a lo que encontramos en áreas verdes subutilizadas de asentamientos humanos, tanto urbanos como rurales, a los que muchas veces se les asignan connotaciones negativas cuando se les compara con las fases mayores de bosques. De ahí que me pregunto: ¿son los terrenos abandonados en los barrios, las platabandas subutilizadas, las praderas de la ciudad?

En Bosque Pehuén me concentré en observar en profundidad la pimpinela, me pareció que concentraba múltiples aspectos relevantes: no solo es una hierba presente en todas las praderas del bosque, sino que además dispersa sus semillas mediante la adherencia al pelaje de animales y a la ropa, ya que sus semillas se conforman de puntas con micro ganchos que se adhieren casi a cualquier material que las roce. Esto las hace muy molestas a los caminantes, que en gran medida intentan evitarlas, lo que también me hace pensar que es otra estrategia para proteger ese suelo depredado, y me surgen otras reflexiones en torno a las relaciones emocionales que pueden asociarse a la sucesión ecológica en el paisaje de estas praderas. Existe la posibilidad de que las pimpinelas sean así, «pinchudas», porque tienen que poblar un suelo que fue depredado: son las que están resistiendo y esa transmisión de dolor tal vez sea por una razón. A partir de esta interpretación biocultural, uno podría preguntarse, ¿cómo vivir el dolor del suelo que fue incendiado o depredado? La psicología aplicada a las plantas puede ser un enfoque interesante de explorar, así como lo hacen quienes trabajan con flores terapéuticas, que muchas veces relacionan emociones a trabajar con los pacientes a partir del contexto de crecimiento que tiene la planta que origina la solución que se transforma en medicina.

Todo lo anterior me lleva a profundas reflexiones sobre la jerarquía biocultural que existe entre los bosques y los pastos. A nadie le gustan mucho las pimpinelas o los trunes, ni tampoco los pinos, pero cuestionar la jerarquía que les asignamos nos puede conducir a una visión más rica e integral del bosque y su biodiversidad. El cruce entre apreciación cultural y características “científicas” de las especies esa noción de suelos «pobres», ¿pobres para quién? ¿desde dónde?

Me gusta pensar en las posibilidades que nos muestra la pradera (educativas, por ejemplo), y que frente a un “suelo pobre” las personas podamos ejercer transformaciones donde aportemos a través de la valorización y la regeneración, y que con cariño frente a nuestro entorno, sea de praderas, platabanda o sitio eriazo, concibamos que es el suelo ideal para que crezca el bosque en el que nos gustaría habitar.

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Emiliano de la Maza. Diseñador industrial y educador en sostenibilidad, ha orientado su trabajo hacia el ámbito del diseño e innovación socio-ambiental en entornos urbanos y rurales. Cuenta con más de 10 años de experiencia en el sector público y privado en gestión de proyectos de educación ambiental y participación ciudadana tanto a nivel nacional como internacional. Recientemente participó como artista en el ciclo Redes de la residencia Bosque Pehuén de Fundación Mar Adentro. Es fundador de Ciudad Regenerativa, empresa dedicada a las metodologías de innovación y educación para la sostenibilidad y a regeneración a nivel territorial y comunitario. y también colabora con el programa Huerta Escuela del Museo de la Solidaridad Salvador Allende (MSSA).

El collage para este artículo fue realizado por María José Garcés.