Entrar al mar abre una puerta hacia el bienestar físico y mental

Crédito Rodrigo Farías

Este mes, se inaugura la Escuela del Océano Pichilemu –iniciativa colaborativa entre Fundación Rompientes y Parley for the Oceans– la cual facilita instancias educativas intergeneracionales para aprender sobre cultura oceánica, a través de charlas, salidas pedagógicas, jornadas de limpieza costera y una serie de actividades que fomentan aprendizajes colaborativos sobre biodiversidad marina y conservación medioambiental. Uno de sus principales objetivos, explica Karina Villarroel, encargada de la Escuela, es “generar conciencia sobre la manera en que el mar influye en el bienestar de los ecosistemas y el rol que tenemos como seres humanos de cuidar las aguas que posibilitan la vida”.

En entrevista con nuestra fundación –que colabora con esta iniciativa–, la terapeuta ocupacional reflexiona sobre cómo los vínculos afectivos con el océano, así como la conciencia de la salud mental y física que este brinda, pueden reflejar experiencias de cuidado valoradas como parte de la vida cotidiana. Una conversación que transita desde las mañanas en que aprendía a nadar a mar abierto en Los Vilos, al presente, en que Karina entrega su energía para que más personas –y más mujeres– vivan los beneficios de conectarse con los ecosistemas marinos.

Fundación Mar Adentro (FMA): ¿Cómo llegaste a la Escuela del Océano y qué intereses vitales marcan tu presencia en este proyecto? 

Karina Villaroel (KV): Venía de trabajar con metodologías participativas junto a comunidades y voluntariados por la conservación de la naturaleza. Vivía hace tres años en Pichilemu cuando surgió la posibilidad de sumarme a la Escuela del Océano, a la cual me integré hace casi un año tras ser seleccionada en una postulación. Llegué aquí gracias a mi amor por el mar y por mi deseo de que mi hija y las nuevas generaciones encuentren inspiración en la protección de los océanos.

Me crié en Cerrillos, Santiago, y siempre estuve conectada a la naturaleza, además, esta comuna era más rural antes. Solía ir de vacaciones a Los Vilos y Pichilemu, a veces acompañaba a pescar a mis tíos, de madrugada, y tomaba clases de natación a mar abierto en las mañanas. Cuando estaba en el agua, el mar me hipnotizaba, se me iba el tiempo, me atrapaba. Siempre tuve un vínculo fuerte con el océano, sin embargo, a los 10 años, entendí que esa conexión estaba en peligro, porque un día, en Los Vilos, se instaló un puerto que trasladaba mineral, cerca de Punta de Chungo, que se contaminó con relaves y con ello, empezaron a aparecer algas que actúan como defensoras, además de peces muertos. Fue así, viviéndolo, que descubrí que hay amenazas para el medioambiente. Luego, al ser mamá, pensé en que ojalá mi hija pudiera disfrutar su relación con el mar y el bienestar que este proporciona.

Cuando estudié terapia ocupacional, por otro lado, trabajé en neuropsiquiatría infantil y me impactó saber cómo el mar afecta positivamente al cerebro: comencé a creer que la mejor terapia física y mental era el mar. Debemos conocer cómo nos influye el mar y para ello, la educación ambiental es fundamental.

FMA: ¿Qué actividades desarrolla la Escuela del Océano para fortalecer esa conexión con el mar?

KV: Primero, es relevante señalar que Parley for the Oceans considera la A.I.R strategy, relacionada con cómo combatir la contaminación plástica en el mar. La A viene de avoid o abandonar –en sintonía con una vida libre de plástico–, la I de interceptar (reciclar) y la R de rediseñar el plástico. Esta perspectiva se materializa en limpiezas de playas y aprendizajes puestos en valor en la Escuela que funciona como una A.I.R station que genera conexión con las comunidades aliándose con organizaciones locales.

Estamos ubicados en el centro de la ciudad, en contenedores modulares –uno de ellos es una sala de clases– a 500 metros de la caleta y la calle principal. Es una ubicación estratégica de accesibilidad junto a un corredor con especies vegetales locales de bajo consumo hídrico y una huerta colaborativa con el restaurante Mareal, especializado en alimentos del mar.

En 2023 iniciamos un plan piloto de un programa de 12 semanas con talleres sobre cultura oceánica, dirigidos a niños/as de 5to a 8vo básico para complementar currículums escolares; además hacemos charlas de biodiversidad marina en colegios; talleres de arte por los océanos; salidas pedagógicas y jornadas de limpieza costera. Parte de mi trabajo es generar vínculos con líderes comunitarios y dictar charlas junto a dos profesores –Duban Espinoza y Nicole Osiadacz–, con quienes realizamos salidas naturalistas por el borde costero y humedales. Nuestro trabajo es guiado por Rodrigo Farías, country manager de Parley Chile, quien lidera el equipo.

FMA: Este mes se conmemoró un nuevo día de la mujer (8-M), ¿cómo te sitúas en tu rol profesional y de género en relación al sentido y propósito de tu labor?

KV: Siempre me he situado desde la perspectiva ecofeminista de las terapias ocupacionales. Esto implica promover y entender la interdependencia en el contexto de la naturaleza, que somos parte de la red trófica biodiversa. Somos océano, ya que todo va hacia allá.

Para profundizar, existe un modelo de terapia ocupacional que dialoga con la ecología sistémica al abordar las intervenciones, y que problematiza las ocupaciones de acuerdo a los roles de género. Por ejemplo, se aborda cómo en la conservación de la naturaleza son los hombres quienes más figuran en el ámbito público, mientras que el vínculo de las mujeres con la naturaleza se da más en contextos rurales dado que sus realidades se corresponden con esas ubicaciones territoriales.

Así, a través de estos enfoques reflexiono sobre cómo las mujeres, al comenzar a dedicarse a la conservación de la naturaleza, en algún punto histórico, marcan un hito para emparejar la cancha. Por otro lado, el océano ha sido culturalmente liderado por hombres, y existe una asociación de que para estar en el mar debes tener coraje, el cual no suele asignarse a las mujeres.

Hoy, los roles de género vinculados al mar están en transición. Hay organizaciones de algueras o grupos que para este 8-M generaron una actividad para entender la mar como una medicina que posibilita conexión, goce y disfrute. La única forma de proteger el océano es conociéndolo y acercándonos a este ecosistema a través de la educación, donde la deconstrucción de los roles de género en un espacio seguro es crucial.

FMA: Hay una intención de cambiar las narrativas culturales asociadas al mar a través de la educación ¿Qué herramientas para materializar ese objetivo existen desde tu área, y al mismo tiempo, por qué estar presentes en esta comuna especifica? 

KV: Es necesario mezclar enfoques y disciplinas, comprender a las comunidades costeras en sus roles de mar, significados y ocupaciones particulares. En este sentido, Pichilemu urbano no es lo mismo que el rural, ya que este es de acceso más difícil. Además, al norte, la comunidad alguera es más potente. Las prácticas son diferentes, por ejemplo, las redes de pesca se guardan de distinta manera en cada caleta, también hay lugares donde no hay caleta, pero sí pescadores.

La terapia ocupacional con enfoque comunitario manifiesta que todos los actores se pueden articular para ejercer ocupaciones colectivas, siendo una de estas realizar acciones de conservación, las cuales deben ser aprendidas, pues sin educación es difícil cambiar los hábitos. En la Escuela convocamos a comunidades para que desplieguen sus saberes, donde convergen metodologías participativas y perspectivas de educación popular que potencian experiencias sensoriales de aprendizaje. Para que este espacio sea seguro, deben existir programas con pertinencia comunitaria y esa es una de mis tareas a la hora de diseñar iniciativas con impacto vivencial. Con el tiempo, a través de nuestros programas pilotos y convocatorias, nos está pasando que vienen niños que pasan después del colegio a ver cómo vamos avanzando, es decir, se han involucrado en una tarea colectiva.

Un punto importante que nos sitúa como una comuna particular para realizar este trabajo, es que esta región (O’Higgins) está libre de industrias, es decir, el mar de acá está especialmente limpio y debe mantenerse así. Aquí –al igual que en otras zonas del país– se da el fenómeno de la surgencia, agua rica en nutrientes que atrae a las ballenas. El hecho de darle valor a estos fenómenos ecosistémicos está recién ocurriendo en la comunidad, y eso se da también por la llegada de personas de otros territorios. Todo esto ocurre al mismo tiempo en Pichilemu, donde existe un gran potencial para fomentar la cultura de mar.

FMA: ¿Cómo definirías el concepto de cultura de mar en un país costero como Chile? 

KV: Defino la cultura de mar como las relaciones y usos que surgen de la articulación de la gente del mar, sus ocupaciones y ecosistemas en relación al contexto socioecológico que se vive. Este cruce deriva en una producción de saberes, donde la cultura de mar no necesariamente implica conciencia ambiental. Lamentablemente, en los colegios no se enseña sobre la interdependencia que existe entre el mar, la vida que alberga y lo que ocurre a su alrededor.

Comprender cómo influyen nuestras interacciones con el océano impacta los desempeños costeros, pues no todas las caletas tienen manejo ambiental sobre residuos, por ejemplo. Además, en Chile, muchas veces la relación con el mar es extractivista, es decir, no se toman en cuenta las fechas de extracción para generar menor impacto ecosistémico, las vedas o el tamaño de las especies extraídas. Recién en los últimos cinco años se está generando una legislación en ese sentido.

Si en los colegios no se enseña conservación es difícil proteger el mar, de manera que es necesario hacernos cargo como sociedad de esa falencia cultural. Acá estamos trabajando en  alfabetización oceánica por medio del arte experimental y la educación vivencial, ya que si queremos transformar nuestra propia enseñanza, creencias y hábitos, debemos hacerlo de la mano de metodologías transformadoras a disposición de las ciencias, en el contexto de una formación que va más allá de una visión pasiva del aprendizaje.

No olvidemos que el arte fue nuestra primera forma de aprender en la vida y cuando nos volvemos a encontrar con eso, se generan cambios. Acá, los niños tienen sus bitácoras, pintan, dibujan y diseñan, piensan eco innovaciones y esto también favorece la formación socioemocional. Incluso hay una niña de 13 años que organiza la limpieza de playas con sus amigos y familiares, además de apoderados que se organizan. Cuando hay vivencias colectivas dan ganas de hacerlas parte de la vida cotidiana y repetirlas.

FMA: A lo largo de tu trabajo te has vinculado con comunidades afectadas por la desigualdad y contextos de recuperación post desastres ¿De qué manera el contacto con la naturaleza –con el océano en este caso–, fortalece la autonomía y ayuda a comunidades con necesidades vitales?

KV: He visto diversas experiencias en voluntariados de conservación. Por ejemplo, en la Patagonia, en el Parque Chacabuco, las protestas en contra de Hidroaysén en 2011 desencadenaron una movilización nacional. Anteriormente, entre 2006 y 2007, en Pichilemu, fue relevante lo que se vivió en torno al proyecto Emisario Submarino, que planteaba el la descarga de aguas servidas por un ducto directo al mar. Lo que quiero decir es que cuando las comunidades conocen su territorio y el bienestar que este les genera, tienden a protegerlo, pues los ecosistemas les proveen las condiciones vitales.

El océano, en particular, genera trabajo, alimentos y permite la existencia de la vida. Cuando esto se ha visto en peligro acá la comunidad se ha organizado, pero para que esto siga ocurriendo es necesario conocer el territorio y la biodiversidad marina, realizar mapeos colectivos y diagnósticos comunitarios permanentes.

Sin embargo, hay amenazas que parecen menos latentes y no tan problematizadas, como lo es el plástico. En verano acá es cuando ocurre la mayor amenaza en ese sentido con turistas y eventos masivos. Las limpiezas de playas ayudan a generar conciencia.

FMA: Fuiste coordinadora de la Escuela de Surf a través del municipio de Pichilemu, basada en un enfoque de Modelo de Atención Integral en Salud Comunitaria (MAIS) ¿Qué potencial de vinculación territorial, integración intercultural y salud mental conlleva este enfoque y cómo se podría traducir en tu rol actual?

KV: La escuela de surf se enmarca en un programa de la oficina de Juventud que busca disminuir riesgos de factores psicosociales para niños y adolescentes con enfoque MAIS, donde el surf no sólo se aprecia en su dimensión deportiva, sino también social, entendiendo que hacer actividad física, social y espiritual converge en  bienestar.

El mar siempre será un benefactor y protector de la salud, ya que impacta a las células y genera un regreso al mundo uterino, activando una memoria. Cuando entras al mar, siempre sales distinto. Acceder a la experiencia del surf es un sello de la comuna. Todos los días hay talleres, mucho deporte de tabla y últimamente, los panamericanos incentivaron a la comunidad a entrar al agua. Al mismo tiempo, –y esto se puede extrapolar a la Escuela del Océano– hay un enfoque familiar, donde se comprende por qué es bueno que las nuevas generaciones estén en contacto con el mar no sólo como deporte, sino como espacio de transición para compartir interculturalmente, subvertir los roles de género y estimular una sociedad más justa. El mar es siempre una puerta de entrada para el bienestar.

*La Escuela del Océano está abierta de lunes a viernes (9.00 a 18.00 h) con programación o sin registro previo. A través de sus redes sociales, podrás conocer más sobre este espacio de encuentro comunitario para promover la conservación del mar.

[1] Parley AIR es la estrategia para poner fin a la creciente amenaza de la contaminación marina por plástico y ayudar a impulsar soluciones a la crisis climática.

Sobre la entrevistada:

Karina Villarroel es encargada de la Escuela del Océano de Parley for the Oceans y Fundación Rompientes en Pichilemu. Es Terapeuta ocupacional de la Universidad Andrés Bello (UNAB), candidata a magíster en terapia ocupacional con mención en intervención psicosocial por la Universidad de Santiago de Chile (USACH), y posee formación en áreas relacionadas al  liderazgo social, Diplomado en salud familiar y comunitario (USACH)  y  educación en el océano. A lo largo de su trayectoria se ha vinculado al trabajo comunitario en relación con la conservación y protección del medioambiente.

Violeta Bustos Vaccia

Entrevistada por Violeta Bustos Vaccia, directora de comunicaciones en Fundación Mar Adentro. Periodista, diplomada en Visualización de Datos y Magíster en Estéticas Americanas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Creadora de contenido, investigadora y docente en el ámbito de comunicación digital.