Brotes de resiliencia tras los incendios en Altos de Cantillana

Sendero Loma de la Olivera

En diciembre de 2023 la Reserva Natural Altos de Cantillana sufrió un incendio que arrasó con casi 100 hectáreas. La coordinadora del área protegida y presidenta de Así Conserva Chile, Fernanda Romero, reflexiona sobre la regeneración vista pocos días después cuando nuevos brotes emergieron. Además, aborda los profundos cambios de este valle tras 13 años de sequía.

Sumergida en los cordones montañosos de la Cordillera de la Costa, entre especies vegetales como litres, boldos y peumos, Fernanda Romero se ha abierto paso una y otra vez en los senderos de la Reserva Natural Altos de Cantillana, Paine, Región Metropolitana. La ecóloga y paisajista –coordinadora del área protegida– es asidua a estos parajes del bosque esclerófilo [1] desde su infancia, transformándose en la cuarta generación de su familia que habita la zona y en la coordinadora oficial para la conservación de las 12 mil hectáreas que abarcan la reserva[2].
En diciembre un incendio afectó a este espacio de conservación privada, consumiendo 100 hectáreas. A semanas de la proliferación del fuego, Fernanda cuenta que nuevos brotes emergieron de la tierra, muestra de la regeneración de la naturaleza ¿Cómo equilibrar la necesidad de contar historias esperanzadoras ante las catástrofes?, ¿qué maneras de interrelacionarnos entre humanos y más que humanos aportan a la prevención de riesgos de desastres? Son algunos de los temas abordados por una de las líderes de conservación en Paine, quien en 2022 fue nombrada Tesoro Humano Vivo por su labor en la cuenca de Aculeo. Zona que ha sido golpeada por una larga sequía, pero el invierno pasado ofreció otra postal de alivio: el agua había vuelto a su cauce.

Fundación Mar Adentro: Entiendo que al menos 16 de tus tatarabuelos son oriundos de Paine, ¿cómo ha sido tu relación afectiva, territorial y profesional con esta zona y qué cambios has observado a lo largo de los años?

Fernanda Romero: El vínculo territorial es muy fuerte. He renunciado a muchas cosas por estar aquí. Si bien mis padres se trasladaron a Santiago cuando era pequeña y luego estudié en la capital, venía todos los fines de semana y en vacaciones. Volví a vivir de manera permanente en Aculeo cuando tenía 27 años y construí mi casa. Siento ese arraigo y también he encontrado maneras de observar lo que aquí sucede. Antes de la sequía, por ejemplo, muchos años yo decía que Aculeo era como el paraíso en la Tierra. Era un valle perfecto, pues la cuenca estaba muy bien conservada. Luego, hubo actividades que impactaron el ecosistema, como la presencia de ganado y el avance de la construcción de condominios por los cerros, también he sido testigo de la fragilidad legal en torno a la protección de la biodiversidad. En este territorio he sentido el llamado de la conservación desde el sentido de urgencia. Al mismo tiempo, diría que aquí no solo he explorado la conservación desde la ciencia, sino que desde su valor biocultural e histórico. En Paine han aparecido restos arqueológicos de, al menos, tres culturas: Mapuche; Llolleo y Bato, sus antecesores; y los Inca.

A nivel profesional, por otro lado, he coordinado un par de organizaciones: una de jóvenes con base comunitaria; y una corporación de derecho privado llamada Aculeufu, en paralelo a la creación de la corporación Altos de Cantillana, junto a una empresa de ecoturismo para financiar las corporaciones, actividades difíciles de mantener debido a la sequía y el declive turístico. La corporación Altos de Cantillana surge en el marco del proyecto GEF Cantillana[3] , iniciativa nacida gracias a la confianza, pues mi abuelo paterno era el capataz del propietario de estas tierras[4]. Sobre mi rol aquí, te diría que yo pertenezco a esta reserva, soy parte.

Y en cuanto a los incendios, ¿qué tan frecuentes han sido, cómo han impactado y qué medidas de prevención o control se han tomado?

Sobre la historia de incendios en la zona, hace un tiempo logré reconstruir los últimos 60 años, entrevistando a personas de la comunidad. Uno de los más latentes ocurrió hace 10 años, cuando se quemó una ladera del cerro en Rangue; luego –hace siete– otra ladera, esto empezó a ser más frecuente con la sequía. El problema es que, lamentablemente, los incendios se perciben lejanos cuando no se queman las casas, ya que la gente de campo no vive en los cerros, sino en el valle, entonces, si bien existe memoria de incendios, se ve como algo distante.
La prevención de incendios en la reserva se ha reforzado desde 2016 cuando pudimos armar un equipo y yo ser designada oficialmente como coordinadora. Con este equipo ahora hemos reflexionado sobre el incendio de diciembre. De alguna manera, nos preparamos para que llegara desde otra parte y en ese sentido, los incendios sorprenden, aunque sabemos que suelen partir fuera de la reserva y luego ingresan. Actualmente, estamos iniciando un proyecto de prevención con el Gobierno Regional Metropolitano de Santiago (GORE) como parte de la red de santuarios de la naturaleza de la región.
Además, ha sido una decisión compleja, la necesidad de hacer cortafuegos, ya que esto puede implicar cortar vegetación, lo que a veces significa limitaciones burocráticas. Todos los años tenemos capacitaciones de incendios, pero hasta ahora pienso que no se tomaba una conciencia generalizada. Los incendios no son reales hasta que nos suceden y eso no debería ser así.
Entendemos que las llamas de diciembre ocurrieron cuando cayó una rama de un árbol al tendido eléctrico. En ese sentido, tal vez todos los tendidos eléctricos deberían ser subterráneos, pero para concretar una idea así, los tomadores de decisiones deben tenerla en el horizonte de posibilidades de prevención. Cuando hay un incendio pierden las personas, por lo que debemos entender el impacto del fuego para transformarnos en agentes de prevención.

Entiendo que algunos brotes han vuelto a emerger tras el incendio ¿De qué manera podemos entender esta pronta capacidad regenerativa y qué aprendizajes al respecto pueden inspirarnos para proteger los ecosistemas?

Este año, la maravilla de la regeneración no es trivial, pues tiene que ver con los 600 mm de precipitaciones caídas en el invierno, cantidad normal antes de la sequía, incluso ese promedio de lluvias explicó la exuberancia de Aculeo. Es por esto que se conservó la humedad del suelo en esta área. Hoy, tenemos rebrotes de la base de los árboles de hasta 50 cm, sobre todo en litres y otros árboles. Elaboramos, además, un plan de restauración para el lugar que se quemó y que considera la recolección de semillas para la siembra y/o viverización.
En cuanto a aprendizajes, tenemos una línea de trabajo basada en la filosofía ambiental de campo, que plantea la conservación de sujetos de estudio, no objetos. En esta línea, el fuego es un elemento de la naturaleza, cuya fuerza impacta pero también nos permite apreciar la conciencia colectiva y regeneración ecosistémica.
La naturaleza es regeneración y resiliencia. Las personas habitan otras temporalidades, y es bueno recordar que no sobrevive el más fuerte, sino quien se adapta. Mis abuelos también vieron sequías, cuando el cerro estaba pelado por el corte de leña para máquinas a vapor, y antes, Aculeo fue desierto y bosque tropical. Si bien tratamos de conservar, esto no implica un status quo. Como humanos también debemos tomar acciones tales como incorporar tecnologías para frenar el cambio climático. Es un gran tema de movilizar voluntades.

A propósito de imágenes esperanzadoras ante la crisis socioecológica que atravesamos, en el invierno pasado se masificó que la laguna Aculeo –cercana a la reserva– había vuelto a tener agua. En tu opinión, ¿cómo equilibrar la necesidad de contar historias esperanzadoras ante la realidad dinámica de la naturaleza?

Muchas veces, como humanos, tenemos una esperanza individualista, ahí es necesario tener un sentido crítico, pues evaluamos todo de acuerdo a nuestra propia escala. Además, existe una necesidad de información verídica y contextualizada, ya que hay gente que nunca ha oído de conservación, gente que vive en este valle.
Mientras un incendio es más visible, a veces no prestamos atención a la resiliencia intrínseca de la naturaleza. Otra perspectiva que tal vez no se conoce es que una sequía puede ser más devastadora que un incendio a nivel ecosistémico, y es necesario contar esas historias también. La Tierra tiene una línea de tiempo constante, como humanos entramos en ese guión, y tenemos gran influencia.
Creo que la causa de que las personas no tengan una esperanza inherente es, en gran medida, la desconexión con la naturaleza, lo que tiene efectos en la salud mental. Yo tengo semillas de mis abuelas, me encanta desgranarlas y plantarlas, también tejer. Hoy, existe gente que nunca se ha conectado con la dimensión terapéutica de ese contacto, además la tecnología actual nos distrae.
La naturaleza es lo que el ser humano necesita para estar bien. Hoy, está lleno de jóvenes encerrados en cubículos, en el mismo sistema educativo ocurre. La naturaleza es un fractal: vemos ciclos en miles de años y también de cada año, cuando un tomate nace, crece y muere. Podemos tener la esperanza de que en cada primavera habrá tomates. Te digo esto porque hay gente que no sabe, cree que los tomates se dan en árboles, están desconectados.

Rebrotes en la Reserva Natural Altos de Cantillana

En tu labor como administradora de la reserva, ¿qué experiencias colectivas han impactado en los hábitos de la comunidad aledaña?

El sentido de comunidad se ha perdido de alguna forma, si lo comparamos con la vida de campo más antigua. Ahora la gente apoya, pero quizás eso se potencia cuando ocurre una contingencia. Lo que quiero decir es que cuesta tener convocatoria a un curso donde se enseña a apagar las llamas, pero si ocurre un incendio la comunidad se activa para ir a apagarlas. Hay un imaginario de cómo podría ser una buena comunidad y hemos tratado de crear esas instancias al hacernos responsables de generar conexión con la naturaleza, por ejemplo, por medio de la educación, aunque en la práctica sea responsabilidad del Estado. Buscamos unir a las comunidades más allá de los desastres, generar eventos para reunirnos no solo en momentos dolorosos.
El trabajo que hemos hecho con las escuelas –en Rangue y Pintué–[5] ha sido para conectar a las personas y sus propios territorios. La crisis social en torno a la sequía logró conectarnos, de hecho, porque era de tal magnitud el desastre que la gente empezó a ceder. Existían intereses muy diversos: de lancheros, agricultores con derechos de agua, un universo diferente a lo que pasa en una reserva que no puede desconectarse de la labor que aquí se realiza.

Desde 2016 trabajan con estas escuelas ¿Qué tipos de aprendizajes han vivido con las comunidades escolares?

Hace 10 años, en las escuelas trabajábamos con hijos de agricultores y campesinos. Con el tiempo se ha ido urbanizando y homogeneizando el perfil de los alumnos, y las vulnerabilidades han aumentado. Desde 2005 que se realizan acciones de educación en las escuelas en la reserva y ya desde 2016 trazamos un proyecto a largo plazo para que todos los años existan acciones educativas. Hay cursos que nos han entregado las horas de ciencia y eso es una gran responsabilidad. Hemos trabajado con todos los niveles.
Hoy, lo ideal es realizar al menos una o dos clases en aula y una salida a terreno a la reserva. Antes de la pandemia habíamos empezado a salir a otras áreas de conservación que eran socias de la asociación Así Conserva Chile. Eran giras pedagógicas que incluían pernoctar, pero actualmente los desafíos han cambiado, los profesores dicen que no están las condiciones para abordar problemas como la hipersexualización de los niños, de manera que es necesario pensar en recursos de intervención psicológica.
En el contexto educativo permean problemas estructurales y es importante no olvidar que como profesionales de la conservación, vivimos en una suerte de burbuja por estar en contacto con la naturaleza. Un aprendizaje importante en ese sentido, es que no podemos perder la perspectiva de la realidad. Al mismo tiempo, uno de los mayores desafíos es trabajar con las frustraciones y entender que no podemos resolver todos estos desafíos desde la conservación vinculada a la educación, pero sí podemos tener un horizonte claro hacia donde avanzar.

A modo de conclusión, ¿Qué perspectivas sobre la relación entre seres humanos y más que humanos, desde tu experiencia, podrían nutrir los análisis para prevenir desastres naturales en el futuro?

La filosofía ambiental de campo planteada por Ricardo Rozzi, como te señalaba, apunta a la necesidad de ver más allá de los paisajes, los bosques o una masa de vegetación, pues debemos ser capaces de percibir la diversidad de árboles, bacterias o animales. La mayoría no sabe de qué hablamos cuando decimos naturaleza, conservación y medioambiente. Se suelen relacionar estos ámbitos con la contaminación y el reciclaje, es decir, las realidades más al alcance.
Debemos dejar de ver paisajes, son ecosistemas vivos y complejos, es decir, se quema un ecosistema vivo, no un paisaje. Es necesario entender el impacto de los ecosistemas en las personas. Por ejemplo, los santiaguinos deben recordar que tenemos agua gracias a la cordillera y que habitamos suelos que se formaron por procesos de miles de años. Hay que vincular el alza del precio de los alimentos y el aumento de su importación con que estamos siendo menos capaces de producir alimentos en relación a la escasez del suelo.Hay que entender la cadena de relaciones que hace posible nuestra vida.

Fernanda Romero

Fernanda Romero, ecóloga, paisajista y Mg. en Áreas Silvestres y conservación de la naturaleza por la Universidad de Chile, es coordinadora general de la Reserva Natural Altos de Cantillana y presidenta de la asociación Así Conserva Chile. En 2022 fue reconocida como Tesoro Humano Vivo por su trabajo por la conservación y la restauración ecológica en la cuenca de Aculeo. Ha liderado investigaciones de flora a lo largo de Chile y actualmente trabaja por la conservación y restauración de la biodiversidad en la Reserva, ubicada en el cordón montañoso Altos de Cantillana, Región Metropolitana.

 

Referencias:

[1] Según señala el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) el bosque esclerófilo es un sistema ecológico que entrega naturaleza a los seres vivos y provee de las condiciones ideales para el desarrollo de la vida. Entre las especies que lo conforman en nuestro territorio se encuentran el peumo (C. alba), el boldo (P. boldus) y el espino (Acacia caven), así como la palma chilena, o Jubea chilensis.
[2] La reserva abarca las comunas de Melipilla, San Pedro, Alhue, Isla de Maipo y Paine.
[3] La Secretaría Regional Ministerial (SEREMI) del Ministerio del Medio Ambiente de la Región Metropolitana (RM) en 2011 ejecutó el proyecto denominado “Conservación de la Biodiversidad en Los Altos de Cantillana”, también conocido como “GEF Cantillana”, donde el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), actuó como agencia implementadora del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF por sus siglas en inglés).
[4] El pintor Joaquín Solo de Zaldívar y su familia han administrado esta reserva por varias generaciones.
[5] Se trata de escuelas de 200 a 250 alumnos, con formación prebásica y básica  ubicadas a los pies de la reserva.

Violeta Bustos Vaccia

Entrevistada por Violeta Bustos Vaccia, directora de comunicaciones en Fundación Mar Adentro. Periodista, diplomada en Visualización de Datos y Magíster en Estéticas Americanas por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investigadora y docente en el ámbito de comunicación digital y creadora de contenido.