Una red tipo micelio

Yasmine Ostendorf - Curadora e investigadora, fundadora de GALA

“Escuchamos acerca de la precariedad en las noticias todos los días. Las personas pierden sus trabajos o están enojados porque nunca los tuvieron. Los gorilas y las marsopas de río flotan al borde de la extinción. El aumento de los mares inunda las islas del Pacífico. Pero la mayoría de las veces imaginamos que esa precariedad es una excepción al funcionamiento del mundo. Es lo que ‘se cae’ del sistema. ¿Qué sucede si, como sugiero, la precariedad es la condición de nuestro tiempo, o, para decirlo de otro modo, qué pasa si nuestro tiempo está maduro para sentir la precariedad? ¿Qué pasa si la precariedad, la indeterminación y lo que imaginamos como trivial están en el centro de la sistemática que buscamos?”

– Anna Tsing, Mushroom at the End of the World: On The Possibility of Life in Capitalist Ruins

El libro es un bello entrelazado entre teoría (filosofía, antropología) e historias de la naturaleza – incluidos los seres humanos- y que toma al hongo japonés matsutake como punto de partida. En el texto, este hongo es un símbolo de resiliencia en nuestros tiempos ambientalmente apocalípticos; una especie que continúa creciendo en áreas deforestadas, incluso fue lo primero que creció después del desastre nuclear en Japón. Este libro me abrió los ojos a la precariedad como condición para la creación en tiempos de crisis climática (y a todos los tipos de crisis que se conectan, incluyendo el Covid-19), entendiendo cómo las especies (incluidos los humanos) nos encontramos en una supervivencia interconectada y colaborativa, para experimentar mutuamente un intercambio beneficioso.

Este enfoque de la precariedad, como lo sugirió Tsing, me permitió creer que hay maneras posibles de vivir y trabajar, incluso prosperar, al margen de nuestro sistema capitalista (que a menudo parece imposible en un mundo que evoluciona demasiado en base al dinero y la competencia). Tsing entrega la teoría de lo que había estado tratando de hacer desde el 2012. Ese fue el año que comenzamos a desarrollar nuestra propia red, llamada Green Art Lab Alliance. Todavía no conocía a Anna Tsing, y para ser justos, tampoco sabía mucho sobre el cambio climático o la pérdida de biodiversidad y la extinción de especies.Sin embargo, tras haberme graduado como historiadora del arte unos años antes, sentí que prefería aprender fuera de los sistemas educativos existentes con respecto a la situación del planeta. Así, nos asociamos en un grupo de 20 organizaciones de arte en toda Europa que deseábamos aprender más y también unos de otros, sobre cuál podría ser nuestro papel colectivo en la mitigación del cambio climático, y llamamos a nuestra asociación “alianza del conocimiento”. Todos queríamos aprender sobre el potencial de las artes -a menudo precarias en sí mismas- para hablar con el público y trabajar con artistas en temas ambientales. Estábamos dolorosamente conscientes de nuestra propia huella de carbono, al montar exhibiciones, iluminar teatros, calentar estudios de danza, organizar festivales y viajar por el mundo visitando Biennales. ¿Cómo debemos reducir nuestra huella de carbono como organizaciones culturales? ¿Cómo creamos espacios para que los artistas se involucren en un tema tan complejo como el cambio climático? La alianza fue nuestro gancho para comenzar a responder estas preguntas.

Entendiendo tu huella de carbono
Aprendí mucho en esos primeros tres años de colaboración como Green Art Lab Alliance: vi lo importante que son las relaciones y el manejo de expectativas; el poder de contaminarse entre sí con ideas y nuevas direcciones, y empecé a comprender un poco la locura relacionada a la cantidad de agua, desperdicio y energía que consume el sector cultural occidental (a menudo deseábamos buscar soluciones en la tecnología e innovación). Así, crecimos y aprendimos, midiendo nuestra propia huella de carbono como red y recibiendo fondos de la Comisión Europea.

Nuestro socio clave, Julie’s Bicycle (Reino Unido), realizó talleres prácticos sobre cómo reducir nuestras emisiones y otro socio On the Move (BE) compiló una guía de financiamiento para iniciativas que cruzan el arte y la ecología. Nos reunimos regularmente en diversas ciudades no-capitales (Maastricht, Visby y Glasgow) para elaborar estrategias y conectarnos. Fueron años fundacionales para la red: realizamos algunos proyectos increíbles, nos hicimos amigos y lo más importante, generamos confianza. Pero en el 2015 todavía me faltaba algo, sentía cada vez más que mi educación universitaria occidental había fallado y me mantenía encerrada en una cosmovisión eurocéntrica. De esta forma, cuanto más entendí cuán compleja y abarcadora es la crisis climática, más fuerte sentí que necesitaba ir más allá del CO2, la tecnología y las innovaciones para complementar la ciencia con algo más abstracto. Decidí vender todas mis posesiones (estaba viviendo en un barco en Londres en ese momento) para viajar a Asia y educarme informalmente sobre anticolonialismo, ancestralidad, espiritualidad y nuestra relación con la tierra, todo a través de conversaciones con artistas.

Asia Oriental
Pasé dos años en Indonesia, Tailandia, Singapur, Taiwán y Corea del Sur, durante los cuales aprendí a escuchar (¡la cultura confuciana me enseñó a callar!) e hice amigos para toda la vida. Mi interés en los alimentos y la seguridad alimentaria creció junto con mis preocupaciones después de haber pasado un tiempo en Singapur, un país que importa más del 90% de sus alimentos. Comencé a comprender el impacto ambiental del rápido auge de la industrialización y la tecnología de los ‘tigres asiáticos’, es decir Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán; y el poder de los chaebols en Corea del Sur, la industria detrás de nuestras etiquetas ‘made in Taiwan’.

Con el programa de residencia Bamboo Curtain Studio en Taipei a la delantera, nació Green Art Lab Alliance Asia. Nos conectamos con otras 15 organizaciones de arte en Asia Oriental (Norte y Sur) que estaban preocupadas por temas ecológicos. Tuvimos reuniones en Taipei, Bangkok y Seúl, intercambiamos conocimientos, recursos, elaboramos estrategias e hicimos un manifiesto colectivo: encontramos nuestro terreno común. Luego, volví a conectarme con la Fundación Asia-Europa (que había sido un socio desde el comienzo en GALA) para desarrollar guías prácticas que mapean respuestas creativas de sustentabilidad en diferentes países de Asia. Estas guías (en curso) se basan en entrevistas con artistas y profesionales de la cultura, en las que se destacan los detalles culturales y ambientales de ese contexto, a su vez, contienen un directorio de organizaciones culturales que se involucran con temas ambientales e incluye recomendaciones de políticas sobre cómo los artistas y las comunidades que están trabajando en dar forma a sociedades más justas y sostenibles pueden recibir un mejor apoyo.

Lengua y colonialismo
Debido a numerosas entrevistas, el concepto de sostenibilidad adquirió muchas más dimensiones, pero la palabra en sí misma resultó problemática. En mis entrevistas con artistas siempre pregunté si el término les resonaba y rara vez fue así. A menudo se asociaba con informes políticos, y en un solo caso, incluso como equivalente a ‘costoso’ (porque ‘la opción orgánica siempre es costosa’). De este modo, el encontrar un concepto común en inglés, que prácticamente no es la lengua materna de ninguno de nosotros, resultó una fuente de malentendidos. Cuando hablamos de este tema, a veces nos sorprendían las palabras: la expansión de nuestro vocabulario no se ha expandido en paralelo a nuestros mundos cada vez más complejos, más bien se ha simplificado, debido a que se ha vuelto más monocultural con el dominio del idioma inglés.

Según Vandana Shiva, el monocultivo del lenguaje conduce al monocultivo de la mente. A veces nos golpeamos contra las paredes por las restricciones de nuestra capacidad para traducir conceptos, después de todo, el lenguaje no es solo representación, sino que da forma a nuestra comprensión del mundo que nos rodea. ¿En qué medida es el lenguaje, o mejor dicho, la traducción de conceptos, responsable de esta incapacidad para ver y reaccionar ante la actual crisis ambiental? Es una red compleja de interrelaciones que necesita un enfoque holístico, multisensorial y multidimensional, que incluye nuevas imágenes, conceptos y otros lenguajes que puedan abordar estos problemas por completo.

Términos como el calentamiento global, el Antropoceno, la sostenibilidad y el desastre climático, han sido intentos por crear concepciones generales -algunas más exitosas que otras- que nos ayuden a comprender estos conceptos. Sin embargo, la mayoría de ellos se han apropiado, vaciado y secuestrado para beneficio económico, haciéndolos intercambiables y, hasta cierto punto redundantes. Además de eso, los idiomas son locales y específicos de su ubicación y tiempo. Por ejemplo, para muchas personas el portugués, holandés e inglés siguen siendo idiomas del colonizador y los conceptos que introducen provienen de la escuela de pensamiento de la época colonial. Un amigo brasileño, el investigador Jorge Menna Barreto, me enseñó que la etimología de la palabra ‘florestas’ (bosque en portugués) probablemente se deriva de forīs, que significa «fuera, allá afuera, fuera de la vista». Para una comunidad indígena, este concepto de bosque no tendría sentido. Cuando se elimina nuestra lengua materna, disminuye la diversidad del lenguaje y, por lo tanto, del concepto, la especificidad y la complejidad y esto es problemático a la luz de la complejidad de nuestra crisis.

América del Sur
La importancia del conocimiento indígena del mundo natural se hizo cada vez más evidente para mí, en paralelo a la comprensión de cómo los regímenes políticos, particularmente en América del Sur, estaban infravalorando estructuralmente estas comunidades y cosmologías. A los pocos meses de estar en Brasil comencé a entender la palabra urgencia. En agosto, asistí a un programa de residencia (Labverde) en el Amazonas durante el tiempo en que la selva estaba en llamas. Llovió gruesas gotas de agua negra en todo São Paulo debido al humo, y en septiembre, un gran derrame de petróleo estaba contaminando más de 2250 km de costa en el noreste. El investigador brasileño Alexis Milonopoulos me enseñó el silencio ensordecedor de un monocultivo: la falta total de aves e insectos debido a los agrotóxicos, que Europa vende a Brasil (este video propone una interesante mirada sobre agroquímicos en Brasil). A veces, me sentí sucia con los privilegios que se me daban por el color de mi piel. Vi cuán enredado está el sector cultural en relación a financiamiento por parte de industrias mineras y otros combustibles fósiles. Todo era tan complejo y deslumbrante: desde lo micro del cotidiano, hasta lo macro de la política.

Siempre había sido mi sueño ir a Chile, ya que el padre de mis dos hermanos mayores fue un exiliado político de los años setenta que llegó a los Países Bajos, donde conoció a mi madre. Al crecer con mis hermanos y mi hermana menor, vimos dibujos animados en Amsterdam bajo un poncho azul mapuche y escuchamos a Violeta Parra en casa, pero nunca había conectado conscientemente estas influencias domésticas de mi infancia con Chile. En diciembre del 2019 fui por primera vez allí y visité al padre de mis hermanos en Santiago en medio del calor de las protestas. Fue abrumador ver cuántas personas están hartas del sistema, cuántos de nosotros queremos el mismo cambio y lloré la primera vez que vi El violador eres tú, una la performance dirigida por Las Tesis, el colectivo feminista. Todo se unió: mi infancia, las protestas, la música, la alianza, mis valores, mis esperanzas. Pensé en las palabras de Anna Tsing sobre la precariedad.

Me reuní con Fundación Mar Adentro y quedé profundamente impresionada con todo su increíble trabajo. Viajé al sur de Chile con mis amigos del programa de residencia Valley of the Possible y entrevisté a muchas otras organizaciones artísticas chilenas que trabajan con temas ambientales. Una vez más, el micelio de Green Art Lab Alliance había crecido naturalmente con organizaciones de arte interesadas en conectarse globalmente y unir fuerzas para ser más grandes que la suma de nuestras partes. Nació The Green Art Lab Alliance Latin-America y sentí que estaba bombeando por mis venas, lista para dar frutos.

La alianza
Y así es como llegamos a ser 45 hermosos socios de GALA: basados ​​en nuestros alineados valores y siempre dejando que las esporas sean recogidas por otros. Hacemos lo que los socios consideran necesario hacer: crecemos como un micelio y a veces estamos inactivos. Durante años podemos ser invisibles, construir estructuras y, de repente, aparece un hongo. La red se activa cuando es necesario. Eso significa que siempre se manifiesta de una forma diferente, ya sea en un intercambio de personal entre organizaciones asociadas, una solicitud de financiamiento colectivo, la difusión de convocatorias abiertas o campañas, o escribirnos cartas de apoyo mutuo. Así, a lo largo de los años la alianza ha tomado muchas formas diferentes. En los últimos meses hemos comenzado a colaborar en los llamados “Partner Working Groups” (Grupos de trabajo de socios), cuyo objetivo principal es que nos conozcamos en grupos más pequeños, compartir estratégicamente conocimientos y experiencias y descubrir sinergias entre los diferentes socios. Los grupos de trabajo también nos permiten ser adaptables y flexibles para actuar en situaciones urgentes. Los socios pueden desarrollar colectivamente actividades grupales y conectarse con otras disciplinas. Actualmente, nuestros temas son: franjas de la ciudad (relaciones urbanas / rurales), ecologías fluviales, protección del océano, biomateriales, ecocidio y defensa, derechos de tierra y territorios indígenas, reforestación y biodiversidad, y estrategias comunitarias.

Del interés por los biomateriales surgió el Future Materials Bank (Banco de Materiales del Futuro), un lugar de encuentro para artistas que proponen alternativas sostenibles, biodegradables o no tóxicas para materiales, iniciativa cuya gestación comenzó en el Departamento de Investigación de la Naturaleza de la Academia Jan van Eyck, en colaboración con MA Materials Futures en Central St Martins en Londres, y tiene como objetivo inspirar a los artistas sobre cómo cultivar un producto más holístico, no tóxico y sostenible en la práctica artística. El Banco de Materiales del Futuro es nuestra investigación continua y un intento de seguir aprendiendo cómo tomar decisiones mejor informadas sobre los materiales que utilizamos. Las categorías actuales de materiales sostenibles que estamos recolectando son: pegamentos, polímeros, pigmentos, colorantes, textiles, fibras, biomateriales (arcilla, micelio), materiales sintéticos y de limpieza (como Zest it, una gran alternativa a la trementina).

Conclusión
El trabajo de Anna Tsing me recordó que así es como se ve la supervivencia colaborativa. Necesitamos actuar como un micelio, intercambiando recursos y dándonos cuenta de cómo esto es mutuamente beneficioso. Estamos juntos en esto: nos necesitamos unos a otros en estas ruinas capitalistas. Todos estamos enredados en este mundo globalizado, que es el resultado de décadas y décadas de sistemas de poder coloniales, patriarcales, extractivistas y capitalistas. Si ya no queremos ninguna de estas estructuras, es mejor que comencemos a crecer y construir alternativas nosotros mismos. Simplemente no olvides dejar algunas esporas para que otros (as) las recojan …

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Yasmine Ostendorf. Curadora, escritora e investigadora. Desde el 2009 realiza investigaciones en Asia, América Latina y Europa sobre artistas que proponen formas alternativas de vivir y trabajar; maneras que finalmente dan forma a comunidades más sostenibles, interconectadas y resilientes. Es la fundadora de Green Art Lab Alliance y actualmente dirige el Departamento de Investigación de la Naturaleza en la Academia Jan van Eyck.

La ilustración inicial de esta columna fue realizada por Francisca Álvarez.