Urgencia de la educación ambiental frente a crisis climática y sanitaria

Tatiana Pavez - Encargada de comunicaciones de Fundación Mar Adentro

La degradación permanente de los ecosistemas y las emisiones de gases efecto invernadero a la atmósfera, nos han traído diversas consecuencias graves durante los últimos años. Hoy, que estamos frente a una crisis climática y una pandemia, es fundamental reflexionar sobre lo que nos ha llevado hasta este punto y comenzar a desarrollar una nueva educación: comprometida con el cambio; que sea transversal y traspase miradas puramente económicas, para finalmente impulsar la transformación de las personas y modificar totalmente el modo de vincularnos con la naturaleza.

Durante marzo del 2020 han surgido diversas publicaciones que vinculan el coronavirus con las acciones de los seres humanos contra los ecosistemas. Un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) Italia, sostiene que existe una estrecha relación entre la propagación de las pandemias y la pérdida biodiversidad. Esto, viene a confirmar una vez más que necesitamos un cambio urgente, frente a lo cual una educación ambiental (EA) comprometida y transformadora se torna urgente.

Es interesante volver hacia atrás y revisar las primeras conceptualizaciones de la EA, donde es posible encontrar lineamientos que hoy resultan tan necesarios, los cuales, tal vez si se hubiesen puesto en práctica, con un verdadero compromiso de los gobiernos por educar ambientalmente, probablemente no estaríamos en la grave situación que nos encontramos actualmente.

La estrecha relación que existe entre el modelo extractivista, la búsqueda de un desarrollo ilimitado y el deterioro del medio ambiente a nivel global, se viene alertando desde hace décadas. Ya en los años setenta la publicación “Los límites del crecimiento” (1972) -un estudio encargado a un grupo interdisciplinario de investigadores del Massachusetts Institute of Technology (MIT)- ya enfatizaba que la humanidad no podía seguir creciendo en esas proporciones, pues de continuar así, en los próximos cien años tendríamos serios problemas en los ecosistemas y la población en general.

En 1972 se realizó en Suecia la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Humano en Estocolmo, que fue el primer encuentro internacional de gran magnitud dedicado a los problemas ambientales, donde se reconoció oficialmente el concepto de educación ambiental y su importancia para dar respuesta a los crecientes y preocupantes desafíos que desde ese entonces enfrentaba la humanidad y que necesariamente debían llevar a un cuestionamiento del sistema económico.

En 1975, se llevó a cabo el Seminario Internacional de Educación Ambiental en Belgrado, convocado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) En ese encuentro se otorgó un papel muy relevante a la educación como agente de cambio que -a través de conocimientos, actitudes y valores- permite asumir los retos que plantean los problemas ambientales del mundo.  Además, se manifestó la necesidad de reconsiderar conceptualmente el término “desarrollo”, para lo cual la EA sería una herramienta propicia para generar una nueva ética en las relaciones hombre-naturaleza. (Zabala y García, 2008).

Posteriormente, en 1977 se desarrolló otro encuentro de educación ambiental en Tbilisi (URSS). Para muchos es considerado como el encuentro más importante y que sentó las bases de esta disciplina, donde se estableció entre otras cosas, que la EA no podía ser enseñada como una materia más y que debía ser transversal e interdisciplinaria para todos los estudiantes, quienes debían aprender a tomar decisiones y a resolver problemas ambientales. Asimismo, plantearon que la EA no debía competir con otras materias, sino que establecer la unidad en el currículum. Y junto con considerar relevante la participación de la comunidad, proponía incorporar las dimensiones ecológicas, políticas, sociales y económicas al cuidado del medio ambiente.  Además, que fuera una educación destinada para toda la población.

De esta forma, a partir de la década de los setenta se vienen realizando periódicamente encuentros internacionales sobre educación ambiental, los cuales en sus primeros años tuvieron un enfoque más crítico al modelo de desarrollo, a la vez que enfatizaban la importancia de integrar este conocimiento de manera transversal e interdisciplinaria en escuelas y centros educativos de educación superior. No obstante, pareciera que con los años la relevancia de esta disciplina junto con los cuestionamientos y acciones que proponía se fueron apaciguando, quitándole importancia para dejarla relegada, en el mejor de los casos a ser una materia más, sin robustez para generar nuevas actitudes, pensamiento crítico y cambios de valores en los y las estudiantes frente a la relación que tenemos con la naturaleza.

Esta mirada crítica y radical frente al rol protagónico de la educación ambiental que se perdió con el pasar de los años fue, según sostienen diversos autores, un fenómeno que se dio fundamentalmente por la difusión del concepto de desarrollo sustentable, el que presentado con cierta ambigüedad se quiso entender desde algunos sectores, bajo la fórmula que se podía seguir practicando el anterior modelo de crecimiento ilimitado, pero “ecologizado”. No obstante, como sostenía María Novo (2009), diversos profesionales, entre los que se encontraban los educadores ambientales, optaron por un entendimiento más radical y comprometido, que afectaba a la raíz de los modelos de pensamiento, uso y gestión de los recursos naturales y sociales.

Recordemos que el Informe Brundtland fue elaborado por distintas naciones en 1987 para la ONU, y en él nació el concepto de desarrollo sustentable, definido como aquel que satisface las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

EA en momentos de crisis

La educación ambiental no ha tenido el papel protagónico que requieren los tiempos y su implementación a nivel mundial sigue siendo deficiente. Sobre todo, no ha conseguido los resultados esperados, fundamentalmente en cuanto a generar comportamientos ambientalmente responsables en los ciudadanos de todo el mundo. Por ejemplo, en el caso del cambio climático, si bien es conocido por gran parte de la población, los gases de efecto invernadero siguen aumentando y los hábitos de consumo y formas de producción continúan acentuando el problema.

Si bien el mundo científico ya ha reconocido como urgente la necesidad de mitigar el cambio climático y la ratificación del acuerdo de París en el marco de la convención de Naciones Unidas significó aceptar un acuerdo casi universal de mantener el aumento de la temperatura en este siglo muy por debajo de los 2 grados centígrados, e impulsar los esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura por debajo de 1,5 grados sobre los niveles preindustriales, estamos lejos de avanzar al respecto. Muy por el contrario, si tomamos en cuenta estos últimos cinco años, las emisiones de C02 han aumentado y a su vez han sido los años más calurosos de los que se tiene registro.

Los efectos del cambio climático ya han sido ampliamente documentados, entre los que se encuentran: aumento de la frecuencia de episodios extremos como lluvias muy intensas o sequías, cambios en las temporadas climáticas, incremento del nivel del mar, desaparición de glaciares y más especies en extinción, entre otras cosas. Y estos riesgos se relacionan de manera más estrecha con quienes se cuentan con menores recursos económicos para hacer frente a estos impactos.

Ya en el Informe de Desarrollo Humano de la Naciones Unidas del año 2007-2008, se señalaba que los desastres climáticos afectan a todo el planeta, no obstante, los que más sufren las consecuencias son los que viven en países en desarrollo. Así, los pobres del mundo enfrentan en la actualidad mayor vulnerabilidad frente a los efectos climáticos.

Por ejemplo, con las sequías ocurren varias consecuencias negativas que intensifican las condiciones de vulnerabilidad de ciertas poblaciones: falta de alimentos, pérdidas de empleos, venta de materiales de trabajo por falta de dinero, mal nutrición, etc., situaciones que de no reparase a tiempo, terminan transformándose en una herencia de condiciones de pobreza que traspasa a generaciones. Y en el caso de Chile esto es muy grave, dado que es un país altamente vulnerable al cambio climático.

Lo anterior, unido a las demandas sociales del último tiempo, la evidencia de las zonas de sacrificios y los múltiples problemas ambientales en el país, da cuanta de la urgencia de implementar programas efectivos de educación ambiental. La EA ya no puede seguir quedando en los discursos de buenas intenciones, como tampoco sin involucrarse con el modelo económico, la salud, la distribución de la riqueza, la ética, los derechos humanos y los valores de la sociedad.

Está claro que una educación ambiental a la altura de las circunstancias requiere voluntad de los gobiernos, dejar de lado viejos paradigmas y buscar estrategias pedagógicas apoyadas en la experiencia social, capaz de cuestionar los valores y motivaciones que rigen nuestra sociedad en términos globales y locales, para generar ciudadanos comprometidos, que entiendan la relevancia de los problemas sistémicos que como humanidad enfrentamos, para poder ir encontrando soluciones.

En este sentido, la educación ambiental debe ser transdisciplinaria, transversal y dirigida a todas las edades. Necesitamos con urgencia reflexionar y crear nuevas formas de relacionarnos entre nosotros (as) y con la naturaleza, para construir un modelo económico más equitativo, respetuoso con los ecosistemas y que rescate los saberes ancestrales y comunitarios. Ya no podemos continuar con una educación a merced del mercado, pues para enfrentar las actuales crisis, el cambio educativo debe ser radical.

Referencias Bibliográficas 

Gonzáles Gaudiano, É., y Meira, P. (2009) Educación, comunicación y cambio climático. Resistencias para la acción social responsable. Trayectorias, 11(29), 6-38 Universidad Autónoma de Nuevo León Monterrey, Nuevo León, México.
Novo, M. (2009). La educación ambiental, una genuina educación para el desarrollo sostenible. Revista de Educación, número extraordinario, 195–217. Recuperado en octubre del 2019 en: http://www.revistaeducacion.mec.es/re2009/re2009_09.pdf

PNUD/UNDP Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (2007) “Crisis climáticas: Riesgo y vulnerabilidad en un mundo desigual”, Cap. 2 del Informe para el Desarrollo Humano 2007/2008. La lucha contra el cambio climático: solidaridad humana frente a un mundo dividido, New York, PNUD (pp.1-18) URL: http://hdr.undp.org/sites/default/files/hdr_20072008_summary_spanish.pdf

Vaughter, P. (2016). Climate Change Education: From critical thinking to critical action. United Nations University Institute for the Advanced Study of Sustainability. No. 4.

Zabala, I., y García, M. (2008). Historia de la Educación Ambiental desde su discusión y análisis en los congresos internacionales. Revista de Investigación, 32(63), 201-218. Recuperado en noviembre del 2019, de http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1010-29142008000100011&lng=es&tlng=es.

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Tatiana Pavez. Encargada de comunicaciones de Fundación Mar Adentro.  Periodista de la Universidad Diego Portales, Máster en Gestión Pública y Desarrollo Sustentable de la Universidad Autónoma de Barcelona y Diplomado en Educación Ambiental de la Universidad Alberto Hurtado con más de 18 años de experiencia en diversas organizaciones privadas y sin fines de lucro, en su mayoría vinculadas a temas ambientales y de educación. Se ha desempeñado en el área de comunicaciones y en el desarrollo de proyectos de formación, relacionados a la educación ambiental, como también al fortalecimiento de habilidades socio afectivas.