Orden cósmico, energías invisibles y ciclos de la naturaleza

Elisa Balmaceda - artista visual, docente e investigadora

Entrevista a Elisa Balmaceda, artista visual, docente e investigadora.

Interesada en los ciclos de la naturaleza, Elisa Balmaceda empezó trabajando con el sol, para luego expandir su investigación a aspectos vinculados con la ecología, al entendimiento del tiempo y espacio, y su vínculo con un orden cósmico mayor. Asimismo, ha explorado cómo resignificar conocimientos y técnicas ancestrales de observación y ordenamiento del mundo como conocimientos vivos que resuenan con el territorio y las entidades que lo habitan. Una artista que busca relevar el rol de lo invisible de la realidad; de aquellas energías que de algún modo median y construyen lo que percibimos sin que lo notemos: tendiendo puentes entre fuentes humanas y no humanas.

Fundación Mar Adentro: ¿Cuándo surge tu interés por explorar temas relacionados a la naturaleza y su relación con la luz y los ciclos, así como los fenómenos astronómicos?
Elisa Balmaceda: Mi papá era aficionado de la astronomía, y con él observaba algunos fenómenos astronómicos desde niña. Luego, me fui a vivir a Alemania donde las estaciones del año y el tema de la luz y la oscuridad es mucho más radical, te afecta mucho y lo sientes en el cuerpo. Por otra parte, siempre he sido observadora y crecí en una zona rural rodeada de árboles y cerros… El tema de lo cíclico y lo circular es algo que en mi trabajo comenzó desde su vínculo con el sol como materialidad y que actualmente se ha expandido a aspectos vinculados a la ecología y al entendimiento del tiempo/espacio, su representación y vínculo con un orden cósmico mayor.

¿Cómo vinculas y trabajas la tensión existente entre los conocimientos ancestrales con la ciencia y tecnología?
El problema con la ciencia y tecnología occidentales es que existe una hegemonía del conocimiento que ha intentado universalizar el entendimiento (y la técnica) del mundo, cuando en realidad los territorios y sus culturas son diversos y no pueden unificarse. La globalización y el proyecto moderno (junto con la colonización) han progresivamente borrado ciertas conexiones que remiten al origen y la particularidad (material y simbólica) del entorno que habitamos. Tal como afirma Yuk Hui –filósofo a quién estoy leyendo actualmente–, reivindicar la diversidad técnica y científica es un ejercicio necesario para redefinir la relación entre lo humano y lo no humano en medio de esta crisis planetaria. En palabras de Hui, “no existe una única tecnología, sino múltiples cosmotécnicas”.
Siguiendo esta misma idea, en los últimos proyectos que he realizado he estado explorando el cómo resignificar ciertos conocimientos y técnicas ancestrales de observación y ordenamiento de mundo, entendiéndolos como conocimientos vivos que aún resuenan con el territorio y las entidades que lo habitan, y no de forma nostálgica o romántica. Me interesa indagar de qué manera estas tecnologías y formas de ordenar el tiempo-espacio dialogan, chocan y se entretejen con tecnologías contemporáneas y el tiempo presente –lo cual significa a su vez, asumir mi lugar de origen que es de por sí contradictorio, mestizo y conflictuado–.

¿Cuáles son algunos de los aspectos invisibles en lo natural que te interesa revelar en tu trabajo?
Me obsesionan algunos “campos” invisibles como lo son la energía, la electricidad, la luz, el magnetismo o las ondas electromagnéticas. Creo que lo invisible es tan parte de la realidad como lo visible, es todo un paisaje que es material pero no lo vemos. Juan Downey les llamaba “arquitecturas invisibles” a estas fuerzas y campos que de algún modo median y construyen lo que percibimos sin que nos demos cuenta de ello, relacionando y conectando cosas y tendiendo puentes entre fuentes humanas y no humanas. Hace poco leía sobre la noción de ecosistema en la cosmovisión mapuche, en la cual las energías y lo invisible son consideradas tan parte de los ecosistemas como todo lo visible, y esto incluye también lo espiritual y lo relacional. Me alivia esa mirada mucho más entretejida, compleja e integral del mundo; se me hace mucho más real.
Últimamente he estado estudiando también la sensibilidad de lo no humano: los árboles por ejemplo son antenas sensibles y manifiestan comportamientos ante los campos electromagnéticos generados por el humano; los líquenes son a su vez una suerte de sensores o bioindicadores que demuestran que el aire tiene una cierta pureza en donde se encuentran. Creo que conectar con otras sensibilidades y decodificar “sensores” no humanos que podemos observar, nos puede ayudar a comunicarnos y a dialogar con otras especies como también con esas fuerzas invisibles que están presentes y nos afectan a nosotros y al entorno.

El vivenciar un eclipse total en plena residencia resultó muy coherente con el trabajo que vienes haciendo. ¿Qué significó para ti la experiencia?
Fue una experiencia muy emocional y sobrecogedora. Difícil de traducir en palabras. Experienciar la umbra (el momento de oscuridad total que duró dos minutos) es muy impresionante, te hace sentir lo ínfimo que somos y la grandeza del cosmos. La irrupción de la oscuridad en pleno día estando inmersos en un bosque hizo aún más evidente como todo lo vivo es regulado por esa ciclicidad del día y la noche. Estuve a los pies de araucarias madres (algunas de más de 500 años) y pensé mucho en esas otras escalas temporales, en las geometrías que conlleva un evento de alineación planetaria como esta, y en la ancestralidad de todas estas entidades en ese territorio.
De algún modo creo que también sentí el año de pandemia decantar en esa oscuridad (que paradójicamente se da por un virus que toma su nombre de la “corona” del sol, la cual se visibiliza en este tipo de eclipses). Otra figura que tuve en mis pensamientos en ese momento fue el puma. Me dio miedo y fascinación a la vez pensar en que podría aparecer, desorientado ya no por la pandemia sino por el súbito oscurecimiento del sol.

¿Cuáles fueron tus mayores aprendizajes durante la Residencia en Bosque Pehuén?
Algo que pude evidenciar y que me marcó mucho es la importancia de los ciclos de vida y muerte en el bosque para su regeneración y la perpetuación de la vida. También la presencia e importancia de las aguas libres que bajan por la cuenca y el bosque como protector de éstas. Percibir la interconexión del sol, los árboles, las aguas y los volcanes; entender a los árboles como conectores y mediadores alquímicos de las dimensiones espaciales y materiales del paisaje y los elementales (el aire, la tierra, el agua); y admirar a las araucarias madres sobre la cuenca como guardianas ancestrales del territorio que ponen resistencia material y simbólica al fuego y a la degradación ambiental actual.
En síntesis, creo que esta oportunidad me hizo aún más consciente de la importancia de la experiencia sensible y material de un lugar como este para conectar desde el cuerpo con lo no-humano y sus escalas temporales, sus sonidos, materias, colores, olores, ritmos, ciclos, entre otros.

¿Pudiste experimentar con nuevas materialidades? Entiendo que a lo largo de tu estadía en Bosque Pehuén trabajaste con las cámaras trampas del lugar, cómo fue ese proceso?
Las cámaras trampa fueron algo que apareció durante la exploración en el bosque, y me parecieron muy interesantes precisamente porque por una parte registran la vida “oculta” (no humana) en el bosque, de una forma pasiva y no invasiva. Y por otra parte, pueden filmar durante la noche, algo aún más oculto, para lo cual la cámara usa tecnología de visión nocturna (luz infrarroja), algo que de hecho muchos animales tienen incorporado en su espectro visible, lo cual les permite ver en la oscuridad. Entonces de algún modo mirar a través de las cámaras también te acerca a esa visión no humana (aun cuando sea sólo una aproximación técnica). Yo las usé para registrar el momento del eclipse en el bosque, el cual recorrí para instalarlas en 8 puntos distintos durante varios días.
Aparte de las cámaras y el eclipse, también estuve explorando una veta volcánica, que contiene fragmentos de obsidiana, una piedra (en realidad vidrio) negra que se usó como uno de los primeros espejos en Mesoamérica, y que también fue luego popularizada por alquimistas en Europa, a la cual se le atribuyen diversos usos espirituales y que está a su vez vinculada con algunos rituales de observación del sol pues permite tanto reflejar cómo mirar a través de ella.

Trabajaste muy de cerca con Nicolás Aracena (arquitecto y carpintero) durante la residencia, cómo se fue dando esa colaboración y cuál fue el resultado?
Llegamos al mismo tiempo a la residencia y estuvimos la primera semana explorando el lugar juntos y haciendo caminatas por el bosque a modo de estudio de campo. En ese proceso intercambiamos ciertas visiones afines sobre la presencia del agua, y luego de recorrer la parte más alta de la cuenca en Bosque Pehuén, se nos ocurrió hacer un ejercicio juntos; una suerte de intervención efímera en donde quisimos desviar una gota de agua en una quebrada en donde esta emerge de la veta y baja a la cuenca. Para ello, usamos una “cañería” de colihues que Nicolás trabajó, de manera que el agua se deslizaba por las varas y seguía este curso hasta caer sobre una piedra volcánica negra de obsidiana encontrada en el lugar, donde generaba una pequeña poza que reflejaba la luz para luego volver nuevamente a su curso en la tierra. Un humilde y pequeño homenaje a esa fuente que fluye y da vida a todo este lugar.

Próximamente vas a lanzar tu primera publicación ¿De qué se trata?
Es una “monografía” o publicación que reúne diversos proyectos individuales y colectivos que he venido haciendo como artista visual desde el 2013. En realidad es el primer libro o compendio que hago sobre mi trabajo, así es que me tiene muy contenta poder tener prontamente algo impreso que expanda la vida de esos proyectos, sobre todo pensando en muchas piezas efímeras que he hecho desde entonces, así como proyectos que no he podido mostrar.

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Elisa Balmaceda. Artista visual, realizadora audiovisual, docente e investigadora. Su trabajo se enmarca en una práctica transdisciplinaria que indaga el vínculo entre lo humano y no humano mediante la exploración material del paisaje, la tecnología, el tiempo-espacio, lo cíclico, la ecología y la degradación ambiental. Ha participado en diversas exposiciones y proyectos culturales tanto en Chile como en Argentina, Colombia, España, Alemania, Bélgica, Serbia y Estados Unidos. Actualmente trabaja como docente en la Universidad de Concepción además de colaborar con diversas instituciones, artistas y medios culturales en talleres, proyectos creativos y publicaciones, entre otros.

El dibujo de esta ilustración fue realizado por Elisa Balmaceda.