Mensajes del Dios Murciélago: hacia un arte y educación descolonizados

Francisco Schwember - artista visual y doctor en educación

La crisis sanitaria global ha dejado un reguero de imágenes e ideas que nuestra cultura tardará en asimilar; los cuerpos de las víctimas y la evidente ausencia de un espacio simbólico para abordar la muerte; el retorno del hambre y las ollas comunes; y los animales recuperando poéticamente el espacio arrebatado por los humanos en distintas ciudades de varios continentes, incluyendo pumas y cóndores en nuestra capital…

Sin embargo, una imagen ostenta una carga especial para aquellos que nos dedicamos a la producción visual y a la educación, tanto por su crudeza como por la claridad con la que ilustra las consecuencias que posee la acción humana en la gestación del desastre. Me refiero en particular a la imagen de un murciélago hervido en un mercado tradicional chino. En un plato de sopa se ve un animal listo para ser consumido. Con su rostro deformado en un cruel rictus de dolor, similar al de las cabezas jibarizadas de los Shuar, este plato nos recuerda, a modo de ofrenda sacrificial, el origen de nuestra procesión colectiva.

En la antigua Mesoamérica precolombina existió el culto al Dios Murciélago, llamado Camazotz por los mayas y Tzinacan por los aztecas, era una divinidad asociada al inframundo y a los misterios de la vida y de la muerte, dotado del poder para sanar cualquier enfermedad y cortar el cordón de plata que unía el cuerpo y el alma. Para los aztecas, que algo sabían del arte de convivir con la muerte, era una imagen portadora de un mensaje digno de ser recordado, que evocaba la fragilidad de la vida humana.

El carácter ambivalente del Dios Murciélago en el arte precolombino, y que fue arrasado por el trágico trance de la Conquista y la posterior Colonización, se basaba en la relación establecida por los pueblos originarios con aquellos seres crepusculares y extraños que protegían su mundo al mantener a raya las plagas de insectos que podrían invadirlo, cuidando el cordón plateado que sostenía la civilización humana.

La hecatombe que arrasó con estas culturas, denominada por los pueblos andinos como Pachakuti –transformación total del orden e inversión de las jerarquías que organizan el mundo– terminó asimismo con el milenario culto al Dios Murciélago. Esto, debido en gran parte a una población sin inmunidad ante las nuevas enfermedades traídas por los conquistadores.

Lo anterior, tiene una especial resonancia en los sucesos actuales cuando los antiguos espectros vuelven a recordarnos, a través del arte, la fragilidad consustancial de los límites que ciegamente traspasamos como especie y la ilusoria solidez en que se fundan nuestras esperanzas de trascendencia como civilización. Esta asociación ilumina una misma actitud hacia la naturaleza, anclada en los fundamentos mismos de la Modernidad, proceso histórico que, a pesar de la distancia temporal, aúna ambos eventos y que suele ser celebrada como el origen de una civilización basada en la razón y el progreso.

Resulta más difícil en cambio, abordar el lado oculto –y sombrío– de la Modernidad, reverso indisociable y fundante, de los logros de su faceta luminosa. Aquella que no solo se refiere a la conquista y expoliación de América, al exterminio indígena y la implantación de la esclavitud a gran escala, sino que también a la instauración de los fundamentos filosóficos que sustentaron la Revolución Científica. Para Francis Bacon, la natura vexata, implicaba la disposición del hombre ante una naturaleza que debía ser forzada y acosada, con la finalidad de que liberara sus secretos mientras, la disociación cartesiana entre cuerpo y mente, aisló el razonamiento en el universo de la pureza abstracta, separándolo de aquellos aspectos sensuales y eróticos del conocimiento anclados en la experiencia vital.

De acuerdo a la observación de Octavio Paz, podemos afirmar no solo que América nació de una violación original, si no que nuestro continente fue también el lugar del parto de la propia Modernidad, donde la insensata destrucción de culturas milenarias veló otras formas de vivir, de relacionarse con otras formas de vida no-humanas y de pensar nuestra relación con la naturaleza y el conocimiento.

La actual pandemia del COVID ha acelerado el tiempo y nos ha traído el futuro que no quisimos ver, anunciado desde los años 70 del siglo pasado cuando diversas voces alertaban del impacto destructivo del modelo de desarrollo instaurado en el planeta. En este contexto, resulta difícil no leer la aparición de este virus como parte de un ciclo, cada vez más acelerado, de enfermedades transmitidas mediante la zoonosis (contagio de enfermedades desde poblaciones animales a los humanos), debido tanto a la invasión y destrucción de sus hábitats como al manejo industrial de sus poblaciones.

De este modo, el ciclo de destrucción abierto con la Conquista de América y el nacimiento global de la Modernidad podría cerrarse como un retorno de lo acontecido hace siglos, en un nuevo Pachakuti, que se llevará nuestra civilización, como antes se llevó a otras. Pero ello es solo una de las alternativas que tenemos como especie, otras yacen en la consciencia y en el trabajo conjunto de quienes apuestan por la continuidad de la civilización desde nuevos fundamentos. Allí, a mi juicio, yace el desafío actual del arte y la educación.

Afortunadamente y a pesar de La larga noche de los 500 años, muchas de las formas de conocer de los pueblos originarios, descartadas como manifestaciones sin valor, invisibilizadas y degradadas por la cultura “oficial”, sobrevivieron gracias a la práctica y transmisión intergeneracional de numerosos pueblos. Reconocidas hoy por su valor patrimonial y por su capacidad de recrearse constantemente, en todas ellas persiste una mirada sobre el mundo diametralmente opuesta a la que prevalece en Occidente y que se ha expandido a casi todo el resto del mundo. Pues, en ellas es posible reconocer una mirada sistémica, de dependencia recíproca entre los hombres y las otras formas de vida, anclada en la voluntad por honrar y proteger la vida y, de paso, asegurar su continuidad.

Esta disposición espiritual hacia la naturaleza no constituye mera retórica romántica. Ella se fundamenta en el hecho de que más del 80% de la biodiversidad del planeta es protegida por pueblos originarios, así como en formas de vida sustentables, desde mucho antes que se acuñara el término en occidente.

Para el mundo del arte y la educación este escenario soporta un anhelo y un desafío, en la medida que, tal como lo han señalado autores como Walter Mignolo o Boaventura de Sousa Santos, entraña la obligación de cuestionar el marco y los fundamentos de nuestra formación y replantearnos nuestro quehacer, en un proceso que, en palabras de los propios indígenas ecuatorianos, implica aprender a desaprender para poder re-aprender.

Como hijo de la penicilina y la incubadora, resulta insensato negar el gigantesco aporte que ha significado la ciencia en nuestras vidas, sin embargo, el virus ha dejado al desnudo, las debilidades de nuestra cultura y los fundamentos que la sustentan.

Esta crisis ha develado la obsolescencia de diversos aspectos de nuestra realidad, entre ellas, las formas de enseñar, ancladas en un sistema rígido heredado de las decurias romanas y de la estandarización requerida por la Revolución Industrial, así como en una disociación disciplinar de los conocimientos, que en su compartimentalización, elude la integración de los saberes propios de la experiencia vital, en lo que certeramente Maturana y Varela sintetizaron en su aforismo de vivir es conocer.

Tanto para el arte como para la educación, este contexto implica la integración desde la coexistencia de saberes y prácticas que beben de diversas fuentes para reivindicar lo mejor de nuestra tradición mestiza, surgida del encuentro de diversas matrices culturales –indígena, africana y europea–, con la finalidad de aportar desde ellas a la elaboración de propuestas que permitan imaginar un futuro esperanzador desde el diálogo intercultural y la confluencia interdisciplinar.

En estas propuestas es posible imaginar alternativas donde se diluyen las fronteras entre arte popular, indígena y. contemporáneo, donde se cuestione el sustento del arte como manifestación del genio individual, para integrar la construcción colectiva del conocimiento propio de las tradiciones indígenas. Tal como la denominada Minga en el mundo andino y Tequio en el mundo mesoamericano, el trabajo colaborativo en función de un bien común precede a la formación de América y bebe de tradiciones de la Antigua Abya Yala, que reaparece para sugerir nuevos caminos posibles, donde sea imaginable educar para la esperanza desde la acción colectiva.

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Francisco Schwember. Artista visual y Doctor en Ciencias de la Educación de la Universidad Católica de Chile. Licenciado en Arte, Profesor de Pedagogía Media en Artes Visuales y Magíster en Artes en la misma institución. Su trabajo se centra en la relación entre arte, educación y el conocimiento de los pueblos originarios, a partir de un enfoque transdisciplinario, que aborda la investigación-acción como metodología de trabajo colectivo. Ha participado en más de 70 exhibiciones en Chile y el extranjero. Actualmente, se desempeña como docente de la Escuela de Arte y del Magíster en Patrimonio Cultural de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La ilustración inicial de esta columna fue realizada por Francisca Álvarez.