Rituales y tesoros de la costa pacífica

Begoña Ugalde, poeta y fundadora de Ediciones Liquen

Entrevista a Begoña Ugalde, escritora y fundadora de Ediciones Liquen.

Cercana desde niña a la naturaleza, ha hecho de ella un tema constante en su escritura. En los últimos meses publicó con su editorial un libro sobre una performance de Cecilia Vicuña, lanzó un libro de cuentos llamado Es lo que hay y ha pasado a formar parte de La voz del agua, proyecto ecofeminista del colectivo artístico La voz del pueblo.

Fundación Mar Adentro: En tu poesía y escritura en general la naturaleza tiene mucho protagonismo. ¿Hay algún momento en que empiezas a escribir sobre naturaleza, o siempre fue un tema importante para ti?
Begoña Ugalde: Siempre me he sentido atraída por estar en contacto con la naturaleza, porque, aunque crecí en una ciudad, de niña solían llevarme junto a mis hermanxs a pasear a la playa, a la montaña, al campo. Eso me hizo valorar estar inmersa en paisajes y espacios que se movían en otras lógicas. Y fue importante ver cómo iban cambiando con las estaciones, el hecho de que fueran algo dinámico, que respondieran a ciclos de muerte y regeneración. Tengo recuerdos de niña vibrando mirando las plantas, las piedras, las estrellas, los animales, etc. Y ya de más grande fue que comprendí que yo también era un ser cíclico, y que por más alienada que estuviera, también era parte de la naturaleza. Entonces, he ido tomando conciencia cada vez más de cómo el trato que le damos a nuestro medio repercute en nosotras, y cómo es urgente cuidar el llamado medioambiente. Este cuidado se puede hacer también a través de las palabras, constatando la belleza natural y alertando cómo nuestra forma de vida está sistemáticamente arruinando esa belleza. En mi escritura intento construir voces que se sepan parte del problema, es decir, no desde una distancia que señale a otros como los responsables, sino que evidenciando esta contradicción fuerte de amar la naturaleza, pero al mismo tiempo vivir a costa de ella, asumiendo las pulsiones no solo creativas sino también destructivas y autodestructivas. Me interesa trabajar esta ambivalencia, plantear esta inquietud, más que dar respuestas. Y por supuesto, celebrar la belleza de todo lo no humano, que cada vez me parece más conmovedora y absoluta que lo humano.

¿Cómo ha afectado esta pandemia tus procesos creativos? ¿Crees que han cambiado a la luz de todo lo que ha ocurrido a nivel mundial?
Sí, claro que los ha afectado. En varios planos, lo que sería un poco largo de describir. Pero como síntesis, creo que, como a todas, nos hizo detenernos y preguntarnos en profundidad por el sentido de nuestro trabajo. Más allá de la forma que ha tomado la pandemia en cada territorio, y cómo esta se ha manejado políticamente, creo que nos ha dado “un bañito de humildad”, en el sentido de poner las cosas en otro orden; nos ha recordado que somos mortales, que aislarnos es muy difícil, que nos necesitamos como especie en muchos niveles, y que lo que antes sonaba cool, ya no lo es tanto.
La pandemia, a nivel personal, me hizo preguntarme por el sentido de vivir y de criar a mis hijos en una ciudad que, al no tener “espacios culturales”, de pronto perdió para mí todo su atractivo. También me hizo valorar el detenerme un poco, el no estar siempre corriendo de un lado para otro. Escribí, como medio de supervivencia, un diario del encierro, y leí harto, ya que no se puede salir de noche. Creo que para los artistas es muy desafiante lo que está pasando, ya que cada vez veo más precario el panorama, pero también se hace más evidente lo necesario que es tener acceso a libros, a películas, al arte en general. Me han dado ganas de dedicarme lo más posible a escribir, y para ello, asumir que tengo que enfocarme en eso, y tener una vida más barata, aunque implique renunciar a estar en una ciudad tan divertida como Barcelona, donde parece estar “todo pasando”. De ahí viene esta decisión de venirnos a un pueblo costero.

En tu poemario La fiesta vacía está muy presente Barcelona con su frágil ambiente natural. Ahora que vives en Concón, ¿sientes que el Océano Pacífico se introduce en lo que escribes?
La fiesta vacía es un poemario que resultó de un ejercicio que me propuso la fotógrafa Gema Polanco, a partir de una serie de fotografías en blanco y negro, análogas, muy hermosas, que ella tomó cuando vivió en Londres. Son fotos donde aparecen personas pasándolo bien, en fiestas, espacios urbanos vacíos, y también algunas fotos más íntimas, en espacios cerrados. Observando estas fotos me dieron ganas de escribir acerca de lo que sentía viviendo en un nuevo territorio, tan diferente al que crecí, pero donde también podía reconocer cosas propias de mi cultura.
Entonces, La fiesta vacía se trata de lo decadente y a la vez atractivo que es el sistema capitalista, concretamente la ciudad, como lugar lleno de diversión y de estímulo pero que al final te deja esa sensación de vaciamiento, de resaca. Me deslumbró al llegar a Barcelona (prepandémica) cómo la gente se tomaba las calles para celebrar todo el tiempo, que sentían que las calles eran de la gente. Me encantó, pero también pude sentir el contraste con la realidad latinoamericana, donde las personas están tan acostumbradas a trabajar tanto, y el compartir el espacio público es una transgresión, porque te hacen sentir que todo es privado. En ese sentido me parece muy sintomático que hasta hace poco era ilegal disfrutar un fin de semana en la playa, que es abierta, gratuita y un espacio saludable, en todo sentido, y al mismo tiempo fuera legal ir al mall a comprar. Porque la lógica es que para disfrutar tienes que pagar, o eso quieren hacernos creer.
Decidir vivir cerca de la costa pacífica tiene que ver con esto mismo. Subvertir el estilo de vida consumista que impone el neoliberalismo, y disfrutar de la mar, que está ahí para todes. Viviendo en Barcelona me di cuenta de que me hace muy bien estar cerca del mar. Bañarme en sus aguas. Este es un mar diferente, es océano abierto, con otra fuerza, temperatura, olor. Con el poco tiempo que llevo viviendo aquí, me doy cuenta de que, por ejemplo, observar la gran cantidad de pájaros y perros que deambulan, sin pescar a los humanxs, me produce una fascinación que se está colando en lo que escribo todos los días, o casi, en mi diario. Sentir el océano, ver cómo cada día cambia, su ritmo, su forma, es siempre sobrecogedor, una dosis importante de belleza. Me encantaría poder captar esa respiración marina y trasladarla a mi escritura. Y, sobre todo, aspiro a bajar mis niveles de ansiedad para que mi proceso creativo sea menos frenético, más oxigenado. Me conmueve cómo, a pesar de tener encima una refinería, la naturaleza es aquí tan exuberante. Mirar la mar es hipnótico para mí, y estoy en un momento como de devoción. Antes, cuando visitaba la costa, siempre era muy placentero, como un amorío fugaz. Pero ahora que es una presencia cotidiana, me siento en otro nivel de adoración. Y me dan ganas de defender este territorio, constatando su belleza, siempre amenazada por el extractivismo y nuestra forma de vida. En lo concreto, me interesa terminar un libro de cuentos donde el mar siempre aparece. Y bueno, seguir aprendiendo a través de la contemplación, de no perder de vista a este ser mucho más antiguo que todas, el origen, su horizonte abierto. Espero que esa fuerza se cuele también en mi escritura.

Con tu editorial Liquen publicaste Sudor de futuro, libro basado en la performance de Cecilia Vicuña del mismo nombre. ¿Cómo se fue dando esa colaboración y cuál fue el resultado?
Hacer ese libro fue un regalo, un acto de confianza y un honor, porque sigo el trabajo de Cecilia desde que la vi, hace muchos años, haciendo sus performances. Sudor de futuro es precisamente la transcripción de una de ellas, realizada en Viña del Mar, el año 2006, en un homenaje a Violeta Parra. Además, el texto, que transcribió hermosamente en forma de versos Rodrigo Olavarría, está en diálogo con los retratos que el fotógrafo Javier Pérez Castelblanco le tomó a Violeta Parra en su carpa de La Reina, poco antes de que se suicidara. Son fotos muy hermosas, cercanas, llenas de expresividad, donde pueden verse rostros y ángulos no muy conocidos de Violeta. El libro fue impreso en una imprenta anarquista llamada Can Batlló, cocido a mano, y presentado en la última versión de Otro modo de ser, un festival de poesía marcado por su espíritu ecofeminista, que creo es el espíritu del libro. Es una invitación a revalorar el legado de Violeta Parra, que fue una artista visionaria, transgresora, potente, y muy conectada con la tierra. Su canto viene de ahí y Cecilia, que también es una creadora que canta desde la naturaleza, en Sudor de futuro la reivindica y declara la necesidad que tenemos como especie de reconectarnos con una conciencia originaria, que celebra el error, lo que desde el canon se entiende como un mero ruido.

Desde hace un tiempo participas en La voz del agua, proyecto del colectivo artístico feminista La voz del pueblo. ¿En qué consiste y cómo ha sido tu participación en él?
Me aproximé al proyecto gracias a Josefina Astorga, una fotógrafa con la que resueno. Venía siguiendo el trabajo del colectivo, que me parece muy interesante, en cuanto experimentan con distintos soportes y formatos. Entonces, cuando abrieron la convocatoria para su taller de “Brujería sonora”, envié pronto mi postulación, ya que me interesa hoy por hoy explorar poéticamente el sonido, trabajar la sonoridad de mis versos, mi voz al declamarlos, para ampliar su poder comunicante. Creo que el arte y la poesía pueden funcionar como brujería, por su poder de imaginar y conjurar otra realidad. Ahora mismo estamos en la fase de editar todo el material que se ha producido en el taller, que es bastante, para transformarlo en cápsulas sonoras.
Vamos a crear rituales que funcionen para proteger las aguas, que hoy están tan contaminadas, saqueadas, amenazadas. Un conflicto del cual no se habla lo suficiente y que es esencial, porque sin agua no somos nada. Creo que tiene mucho que ver con las crisis globales que estamos viviendo y también con la militarización de los territorios que se han levantado para protegerse del extractivismo y las lógicas que prefieren el dinero sobre la vida. Creo que el resultado de este proceso será poderoso, porque en el taller están participando personas desde muchos lugares diferentes, visibilizando las problemáticas particulares de cada lugar. Cosas de las cuales muchas veces no nos enteramos si no es de boca en boca, porque hay cercos mediáticos. Yo estoy estos días preparando mi ritual final, que consiste en ir a recoger basura de la playa con mi hijo Darío y registrar ese tránsito por la playa La Boca, que es una playa muy larga y hermosa. Es algo que hemos estado haciendo, y que nos ha brindado muchos tesoros, materiales e inmateriales.

Además de La voz del agua, ¿qué proyecto estás realizando hoy en día?
Estoy intentando terminar varios textos que tengo hace tiempo a punto de cerrar, pero que por tanto traslado y mudanza no he podido concluir. También estoy haciendo, siempre como hobby pero con mucha pasión, mis collages, que llevaré a un formato de cajitas, para hacer kits de supervivencia a quienes lo necesiten, ahora que tanta gente querida se siente viviendo como en un limbo, sin muchas esperanzas, ni ganas. Lugar que visito yo también, a menudo, pero del que salgo, precisamente gracias a estos momentos en los que puedo volcar a la creación.

Begoña Ugalde Pascual
Estudió Literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la UPF, gracias a una beca del Mincap. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (2010, Calle Passy), La virgen de las Antenas (2011, Cuneta), Lunares (2016, Pez Espiral), Poemas sobre mi normalidad (2018, Ril ediciones), La Fiesta Vacía (2020, Tege Libros). Además, es autora de numerosas obras teatrales, entre las que destacan Fuegos artificiales, Temporada baja, Yo nunca nunca, Lengua materna, Cadena de frío y Toma (publicada por Ediciones del Mincap). Su trabajo de escritora se ha complementado con la docencia y la organización de encuentros literarios. Su última publicación es el conjunto de cuentos Es lo que hay, editado por el sello Alfaguara.

El collage fue realizado por María José Garcés @grietavisualcollage